Aquí no hay escenario, hay una mano levantada delante de la cara. La tradición ata las uñas al arreglo, al aseo y a las señales de que uno va tirando.
Estos sueños vienen de cerca. Casi nadie describe un escenario: describen una mano levantada delante de la cara, con las uñas demasiado largas, partidas, despegándose o creciendo mientras miras. La lectura heredada ata las uñas al aseo y al mantenimiento personal, esas señales pequeñas con las que alguien enseña que va tirando, y sigue lo que hacían las uñas antes que el lugar donde estabas. Cuánto dice esa mano depende de la tuya: no llega al mismo terreno quien trabaja con las manos ásperas y cortadas al ras que quien dedica una hora cada quince días a arreglárselas.
Quien sueña que se le caen las uñas sueña muy a menudo también con los dientes, y la pareja va junta. En los dos casos una parte visible del cuerpo se afloja sin dolor, y los dos dejan al despertar un horror con algo de ridículo. Los dos tienen además explicaciones llanas antes de que haga falta ningún símbolo: una uña rota esta semana, la costumbre de mordérselas o un golpe en la mano pasan directamente al material de la noche.
Ningún sueño informa de la salud de nadie, y este no trae ni un dato sobre tu cuerpo por mucho que algún libro viejo se lo atribuya. Si algo de tus uñas te preocupa en la vida despierta, eso es cosa de alguien con formación para mirarlas y no de un diccionario. En cuanto al sentido, lo heredado sirve como pista para pensar y nada más: no adivina nada y no sustituye a lo que tú ya sabes de la semana que llevas.


