La línea exacta donde acaba una persona y empieza el mundo, y de ahí que las lecturas hablen de límite, de contacto y de lo que dejas pasar.
Estos sueños arrancan a menudo en algo que registró el cuerpo: una habitación demasiado caldeada, la sábana rozando una quemadura de sol, un picor que no llegó a despertarte. La sensación se cuela en el relato, y el relato que se forma suele tratar del límite, porque la piel marca justo donde termina una persona y empieza el mundo.
Como es a la vez cobertura y órgano de los sentidos, las glosas heredadas van en dos direcciones. Como cobertura pertenece a la protección y a la intimidad, y soñar que se adelgaza o se descama se lee como falta de resguardo. Como órgano pertenece al contacto, y los sueños donde el tacto es vívido se toman como quien sueña registrando una cercanía, deseada o no. Los relatos de una piel que aprieta se quedan entre las dos glosas, y probablemente por eso incomodan tanto.
Las variantes que más se cuentan tienen que ver con cómo se comporta, no con qué aspecto tiene. Una piel que no para de mudar se lee como una etapa de cambio que se está viviendo con poca dignidad. Una piel endurecida va con la defensa acumulada, idea que el idioma ya recoge cuando habla de tener la piel dura. Y una piel cubierta de algo, pintura, tela o polvo, se acerca a la presentación y a lo que uno quiere mostrar.
Existen listas regionales que atribuyen significados al color de la piel y aquí se dejan fuera. Hablan de la cultura que las produjo y no dicen nada de quien sueña.
La segunda es más sencilla: los sueños no examinan a nadie. Lo que salga de noche sobre la piel es una imagen, y esta ficha no afirma nada acerca de la salud de nadie. Tu propia historia con tu piel, médica, estética o cultural, moldea el cuadro mucho más de lo que puede hacerlo una glosa heredada.


