La playa es el único sitio donde el suelo firme y el agua abierta se tocan, y sobre esa frontera se levanta casi todo lo que se dice de ella.
La orilla es un límite y los intérpretes llevan muchísimo tiempo tratándola como tal. La lectura corriente coloca a quien sueña entre el terreno conocido y el agua abierta, y por eso la imagen asoma tanto en las semanas que rodean una decisión, una mudanza o el final de algo.
Los repertorios que se molestan en el detalle preguntan si mirabas al mar o de vuelta a tierra. Mirar al agua se lee como atención puesta en lo que aún no ha ocurrido; mirar hacia dentro, como atención en lo que estás dejando. Caminar de lado por la orilla, siguiendo la línea sin decidirse por ninguna parte, es la versión que más gente describe, y se suele tomar por una temporada de espera.
Pocas imágenes de este diccionario vienen tan cargadas de historia personal, porque muchísima gente asocia la playa con unas vacaciones, con una infancia o con alguien concreto. Para quien creció en la costa la playa es terreno de todos los días; para quien vio el mar por primera vez a los treinta arrastra una carga que ninguna ficha puede suministrar. Cuando hay un recuerdo real de por medio, el sueño trabaja con ese recuerdo antes que con cualquier símbolo antiguo, y tomarlo por presagio se limita a perder la parte útil.


