Una de las imágenes más frecuentes en cualquier registro de sueños. La tradición mira el estado del agua, y no el agua misma, como retrato de lo que sientes.
El agua aparece en más sueños que casi cualquier otra imagen suelta, y solo eso explica las páginas que le dedicaban los libros antiguos. La lectura que más ha durado toma el estado del agua como retrato de lo que se siente: limpia y quieta cuando la emoción está asentada, revuelta o turbia cuando quien sueña todavía no ha ordenado lo que lleva dentro. Aquí el agua funciona como espejo, no como suceso.
En estas interpretaciones el agua es casi neutra. Todo depende de unos detalles que, por otra parte, son los que se recuerdan igualmente.
Fíjate en que ninguna de estas lecturas predice nada. Son maneras de devolverle un estado de ánimo a quien ya lo llevaba encima.
Muchos sueños de agua tienen una causa con la que ningún sistema simbólico necesita discutir. Quien se acuesta con sed, quien duerme en un cuarto recalentado o quien se levanta a menudo al baño cuenta imágenes acuáticas con frecuencia. También quien pasó la tarde en la piscina o la noche oyendo llover contra el cristal. Si soñaste con el mar después de un día en la costa, ese día en la costa es una respuesta perfectamente digna.
Quien nada cada mañana se encuentra el agua dormido como una compañía conocida. Quien estuvo a punto de ahogarse en la infancia se encuentra otra cosa por completo, y esa historia privada marca el tono mucho antes de que ningún diccionario abra la boca. Conviene añadir que el agua pesa de forma diferente según el sitio: donde escasea se lee como alivio y riqueza, donde las crecidas son un peligro de temporada se lee como amenaza. Las dos tradiciones son auténticas y ninguna de ellas es la universal.


