Agua con dirección y con otra orilla, y por eso el río se lee como paso: un tramo de vida que deja sitio al siguiente.
Pregunta en una sala llena de gente por los sueños de ríos y los relatos se ordenan solos en tres: caminar por la orilla, intentar pasar al otro lado y estar dentro del agua mientras la corriente decide. Ese reparto carga con casi toda la interpretación, porque un río se distingue de un lago o del mar abierto en que tiene dirección y una orilla enfrente. La tradición lo entiende como el trayecto que va haciendo una vida, y la variante dice dónde estaba la persona respecto de ese trayecto.
Seguir un río se describe como acompañar las cosas tal como están ahora. El sentido añade el matiz. Bajar con el agua atrae palabras de facilidad, y a ratos de dejarse llevar, según lo descansado que fuera el sueño en realidad. Subir contracorriente se comenta como esfuerzo a contrapelo, algo que la gente reconoce al instante y que a veces le fastidia que le digan.
El cruce es la capa más antigua de todas. Puentes, vados, piedras para saltar y barqueros aparecen tanto en lo que la gente cuenta al despertar como en las mitologías de culturas muy separadas entre sí, donde el río marca a menudo la frontera entre un estado y otro. Los intérpretes llevaron eso a lecturas cotidianas: dejar un trabajo, terminar una relación, cambiar de país, hacerse mayor. Lo que suele dar más juego no es la otra orilla sino el intento: si llegaste, si te volviste a mitad de camino, o si te quedaste en la orilla de acá y decidiste que no.
Estar dentro de un río mueve la interpretación hacia cuánto mandaba quien soñaba. El agua tranquila y clara se describe con palabras de confianza y visión; el agua rápida o turbia, con palabras de presión y de no ver bien. Un río crecido se toma como una situación que lleva su propio impulso, y que arrastre a alguien se relata más que nada después de una temporada en que los hechos fueron más rápidos que las decisiones. Quien nada a menudo sueña con agua más que el resto de la gente, cosa que conviene recordar antes de aplicar ningún símbolo.
El río en el que te bañabas cada verano en la infancia y un río donde una vez pasó algo que da miedo no son imágenes intercambiables, y la privada le gana a la general todas las veces.


