La imagen que la gente describe como silenciosa antes que como fría, y que la tradición trata casi siempre de pausa y no de penuria.
Quien cuenta un sueño de nieve menciona el silencio antes que el frío, casi sin excepción. Ese orden coincide con las lecturas más viejas, que ven en la nieve menos un sufrimiento que una suspensión: algo tapado, detenido, a la espera de que cambien las condiciones para que lo de debajo pueda moverse.
Hay dos glosas que corren en paralelo. En la primera, la nieve esconde: un paisaje conocido se vuelve irreconocible, y la lectura señala algo que quien sueña ha dejado de ver con nitidez. En la segunda, la nieve resguarda, del modo en que aísla el suelo y la semilla durante el invierno, y la lectura señala algo que se está guardando en vez de perdiendo. Cuál encaja lo decide casi siempre si el sueño resultó apacible o desorientador. Quien sostiene las dos a la vez pregunta qué cree quien sueña que hay debajo.
No todo sueño nevado es sombrío, y las versiones amables merecen su párrafo. Ver nevar desde dentro de casa se lee como una tregua deseada. La nieve recién caída que nadie ha pisado va con los comienzos, y los intérpretes señalan las primeras huellas como el detalle que importa. La nieve que no para, en cambio, se acerca a los cuadros del aislamiento, y la cuenta sobre todo gente que atraviesa una temporada con poco trato.
La nieve es rutina para unos y casi mitología para otros, y esa distancia viaja intacta hasta el sueño. Para quien ha despejado una entrada cada invierno de su vida es faena. Para quien la ha visto tres veces es un acontecimiento.
Nada de esto pronostica tiempo, estaciones ni circunstancias. La pregunta que deja la imagen es qué se ha quedado en silencio en tu vida y si ese silencio te viene bien.


