Un tiempo con el que no se discute, que cae sobre ti lo quieras o no, y de ahí que la tradición lea la lluvia como desahogo.
Antes de buscar nada simbólico conviene mirar por la ventana. El agua en el tejado, un canalón que gotea, la cama húmeda o la vejiga llena entran en las imágenes nocturnas sin la menor resistencia, y una noche pasada por agua produce bastante tiempo soñado. Hecha esa salvedad, aquí la tradición se contradice poco: la lluvia que cae se interpreta como desahogo, como algo que atraviesa y limpia, y como un sentimiento al que por fin se le ha dejado sitio.
La lluvia no pide permiso. No se programa, no admite discusión, y ponerse debajo significa mojarse. Los intérpretes llevan siglos apoyándose en esa falta de control, y por eso la imagen anda cerca del llanto, de la tristeza que afloja y de una tensión sostenida tanto tiempo que el cuerpo ya ni la nota. En las tradiciones campesinas esa misma agua es abundancia y alivio antes que pena, y casi todos los manuales viejos llevan las dos versiones dentro sin verlas como una contradicción.
La intensidad y el escenario cambian el sentido mucho más que el agua. Un caer suave y continuo se describe como sosiego, y el sueño de alrededor suele recordarse con gusto. Un chaparrón repentino atrae el lenguaje de lo que desborda. Quedarse a la intemperie sin refugio aparece a menudo en relatos de épocas revueltas, mientras que ver el aguacero desde detrás de un cristal se comenta como distancia: enterarse del tiempo sin recibirlo encima.
Nada de esto es universal, y precisamente la lluvia enseña hasta dónde puede fiarse uno de un diccionario. Quien se crió donde un aguacero salvaba la cosecha no se encuentra con el agua nocturna igual que quien vio su casa inundada. La asociación que cada cual trae puesta llega por delante de cualquier significado heredado y suele ganarle la partida.


