Detrás hay muchas veces una ventana abierta. Pasado eso, la tradición lee el viento como un cambio que llega de fuera y no como uno que hayas elegido.
Bastantes sueños de viento tienen la causa dentro del dormitorio: una ventana abierta, un ventilador encendido, una noche fría o un temporal de verdad trabajándose las tejas mientras quien duerme sigue durmiendo. Apartado eso, el sentido heredado es el cambio, y en concreto el cambio que llega de fuera y no el que alguien decidió.
Las interpretaciones antiguas se fijan mucho en cuánto sopla. Una brisa suave se toma por una noticia o por un pequeño ajuste de planes. Un viento constante a la espalda, por unas circunstancias que echan una mano. El viento de cara es resistencia. Y un viento tan fuerte que no deja mantenerse en pie es la versión que se recuerda durante años, entendida casi siempre como verse a merced de algo a lo que tus asuntos le dan exactamente igual.
Hay un rasgo que la separa de casi todo lo demás en un diccionario de sueños: dentro no hay ningún objeto. Se describe el sonido, el frío, el pelo dando latigazos, una puerta que golpea, un abrigo arrastrado de lado, pero jamás el viento en sí. Los intérpretes han sacado mucho de esa invisibilidad y la leen como una influencia que se nota con toda claridad y no se puede señalar, lo que da la casualidad de que describe bastantes apuros de la vida despierta.
Falta lo que trae cada cual. El viento no es neutro para todo el mundo: quien creció en un sitio donde aúlla cada invierno lo registra dormido como tiempo atmosférico y nada más, y quien creció donde una racha fuerte pone en riesgo un tejado o una cosecha recibe la misma noche con temor dentro. Averigua cuál de esos dos fondos es el tuyo antes de echar mano de un sentido general, porque ninguna de las dos versiones pronostica el tiempo ni ninguna otra cosa.


