La fruta habla del punto de maduración: verde, madura, pasada o podrida son cuatro escenas distintas, y conviene empezar por saber cuál tenías en la mano.
La fruta es una imagen sobre el momento. Madura, verde, pasada y podrida cuentan como cuatro escenas separadas, y lo primero que preguntan los intérpretes es cuál tenías delante. La asociación general es con los resultados, con el punto en que el trabajo se convierte en algo que se puede coger. Rara vez aparece sola: un frutero, un puesto de mercado, una rama que todavía la sostiene, y ese entorno también entra en la lectura.
Lo que hacías con ella afina más la lectura. Cogerla del árbol se liga a ganarse algo directamente; comprarla, a conseguirlo por otra vía; que te la den, a recibir algo de otra persona. Repartirla aparece en bastantes tradiciones como una generosidad que vuelve, aunque eso se ofrece como una moraleja vieja y no como una promesa. La fruta también llega al sueño por el motivo más plano posible, que es que comiste o te apetecía.
Las frutas concretas cargan sentidos muy locales. La granada, el higo, el dátil, la naranja y la manzana viven dentro de relatos que cambian de una región a otra, y una lectura montada sobre una de ellas no se traslada intacta. Cuando una fruta pertenece al calendario de tu casa, a un árbol del jardín de tus abuelos o a una fiesta concreta, esa asociación es la que hay que usar.


