Este es el símbolo que se interpreta en vertical. Raíces, tronco y copa cuentan por separado, y quien sueña suele acordarse de qué parte estaba mirando.
Ninguna otra imagen onírica se reparte de esta manera. El árbol se interpreta de abajo hacia arriba, y cada tradición que lo usa asigna sentidos propios a las raíces, al tronco y a las ramas. Tomado entero representa una vida con historia y con dirección, un crecimiento que no admite prisas, y de ahí que aparezca sobre todo en tramos largos y lentos en vez de en los repentinos.
Cortar uno, o toparse con uno ya derribado, es la versión que más inquieta. Las lecturas cambian según quién sujetaba el hacha. Un árbol que tala quien sueña se entiende como terminar algo a conciencia, a veces con el arrepentimiento pegado a la decisión. Uno tumbado por el viento o por desconocidos apunta a un cambio que llega de fuera. Ninguno de los dos dice nada sobre la salud ni sobre los años de nadie, y las versiones populares que sostienen lo contrario son folclore, no interpretación.
Esa pregunta va antes que ninguna otra. Un olivo, un abedul, un baobab y un plátano de sombra pesan cosas muy distintas en los sitios donde crecen, y buena parte del simbolismo de los árboles es regional y no universal. Más aún: un árbol del jardín que conociste en la infancia llega cargado con todo lo que había en ese jardín, y ningún significado general puede competir. Quien es capaz de nombrar la especie encuentra casi siempre la respuesta dentro del nombre.


