El disparador más sencillo de todo el diccionario: hambre, una cena tardísima, una dieta estricta. En clave simbólica, la comida representa el sustento en sentido amplio.
El sueño con comida tiene el disparador más simple que hay por aquí. Acostarse con hambre, cenar tardísimo, seguir una dieta estricta o quedarse sin apetito por un catarro empujan las comidas hacia la noche, y por ahí debería empezar cualquier interpretación antes que por el símbolo. Cuando sí se aplica una lectura simbólica, la comida vale por el sustento en sentido ancho: lo que te mantiene, quién lo pone y si hay bastante.
La tradición parte la imagen por la abundancia. Una mesa llena, una comida compartida o una despensa surtida se leen como suficiencia y muchas veces como compañía, porque en los sueños casi nunca se come a solas. Los estantes vacíos, los platos echados a perder o un plato que no logras alcanzar se leen al contrario, y ese segundo grupo se cuenta más en épocas de apreturas. Esa correspondencia se ha observado muchas veces sin llegar a demostrarse, y no promete ningún cambio en ninguna dirección.
Los intérpretes preguntan por quien cocina antes que por el plato. Una comida hecha por alguien que ya ha muerto, por una abuela o en la cocina de tu infancia está entre las versiones más contadas, y se entiende como memoria antes que como mensaje. Dar de comer a otros es la otra cara del mismo símbolo, y quien lo sueña suele estar cargando con bastante de la gente que tiene alrededor.
Mucha gente se da cuenta de que la comida soñada no sabe a nada, o de que nunca llega a probarla. Es lo bastante habitual como para considerarlo normal, y hay una explicación razonable en lo poco que el cerebro dormido dedica al gusto. La lectura antigua de la comida interrumpida es la de un deseo aplazado. Merece la pena tener las dos a mano, aunque por delante va tu propia relación con comer, que para algunas personas no es sencilla.


