De un sueño de comida casi nunca queda la comida: queda un sabor suelto, la forma de una mesa o la cara de quien tenías enfrente.
Comer se ha interpretado desde que existen libros de sueños como incorporar algo, y la lectura se apoya en tres cosas: qué se comió, con quién y si el sueño dejó saciada a la persona. Lo curioso es que del banquete casi nunca sobrevive el banquete, sino un detalle mínimo que se queda pegado al despertar.
La compañía se considera más elocuente que el plato. Una comida compartida se entiende en general como pertenencia, y los recopiladores antiguos dan mucha importancia a quién sirve a quién. Comer a solas no es automáticamente triste en esa tradición: unas fuentes lo ponen del lado de la autonomía y otras del aislamiento, y lo que las separa es el clima del sueño. Que alguien te dé de comer, y no poder comer mientras los demás lo hacen, son las dos variantes que más se cuentan.
Comida en mal estado, algo que no baja, un plato que se vacía mientras lo miras, la boca demasiado llena para hablar. El hilo común no es el alimento sino un proceso corriente que se estropea, y suele leerse como algo que cuesta aceptar más de lo que debería. Masticar sin tragar aparece en varias fuentes como dar vueltas a un asunto sin cerrarlo nunca.
El apetito no se apaga al meterse en la cama. Se sueña con comida cuando se tiene hambre, cuando se está a dieta, durante un ayuno, en el embarazo y después de una cena tardía o muy pesada. Cualquiera que se haya acostado con el estómago vacío conoce este sueño sin necesidad de símbolos. Eso no anula la versión tradicional, pero va en el mismo párrafo, y tu relación con la comida pesará bastante más que cualquier cosa escrita aquí.


