Los sueños de subida están hechos de esfuerzo, y lo que queda al despertar es la pendiente. La lectura heredada va por la ambición y por lo que cuesta.
Los sueños de escalada están hechos de esfuerzo. La pendiente, el agarre, lo que queda por subir: eso es lo que se queda en la memoria, y la lectura heredada va por lo evidente y toma la imagen como ambición, como avance y como el precio de las dos cosas.
Llegar a la cima se entiende como alcanzar aquello que te habías propuesto, aunque las fuentes viejas anotan con cuidado la de veces que quien sueña describe un chasco allí arriba, cosa que interpretan como una meta que ha dejado de ser la que querías sin que te dieras cuenta. No avanzar, con la superficie deshaciéndose o los peldaños cediendo, sugiere un esfuerzo que se topa con resistencia y no un fracaso. Subir con alguien por encima o por debajo de ti habla casi siempre de comparación, que es de las lecturas menos cómodas y de las más certeras.
Estas escenas tienen a menudo un carácter físico fuerte, con esfuerzo muscular recordado al despertar. Vale la pena decirlo, porque a veces el disparador es tan corriente como dormir en mala postura, una semana dura de trabajo físico o el simple agotamiento. Quien escala, quien trabaja en tejados o quien pasa los fines de semana en la roca soñará con subidas por motivos que no tienen nada que ver con la ambición, y su versión merece leerse con otras reglas.


