Al pie, a media ladera, en la cumbre o mirando desde lejos: una de las lecturas más estables del diccionario, donde importa tu posición más que la montaña.
Una montaña soñada se interpreta casi siempre por la posición que ocupa quien la sueña: al pie, a media ladera, en la cumbre, o mirándola de lejos sin ninguna intención de echar a andar. La imagen carga con una de las lecturas más antiguas y firmes de todo el diccionario y vale por una empresa grande y por el esfuerzo que exige. Lo que cambia no es el sentido, sino el punto del esfuerzo en que aparece la persona.
Plantarse abajo y mirar hacia arriba sugiere una tarea aún sin empezar, con el tamaño del asunto haciendo casi todo el trabajo emocional. Subir sugiere esfuerzo en marcha, y ahí los detalles cuentan: si el camino se ve, si alguien va contigo, si paras cada poco. Llegar arriba se ha asociado desde siempre a la perspectiva más que al triunfo, porque lo que la gente describe suele ser la vista y no la llegada. No encontrar por dónde subir acompaña a un problema en el que todavía no se ve un primer paso.
No todas las versiones incluyen una ascensión. Una montaña en el horizonte sugiere algo lejano y sabido, una montaña cerrando la carretera sugiere un obstáculo en lugar de un reto. En varias tradiciones, sobre todo en el Himalaya, en Japón y entre muchos pueblos indígenas, hay montañas concretas que son sagradas, y soñar con esas pertenece a esas tradiciones y no a un simbolismo general. Conviene decirlo así en lugar de mezclarlo todo en un solo sentido.
Alguien que pasa todos los fines de semana en cresta sueña con montañas con la misma naturalidad con la que otros sueñan con una calle. Alguien que nunca ha pasado de unos cientos de metros está soñando con la escala misma. Lo que la montaña represente para ti de día moldeará la escena mejor de lo que puede esta ficha. Y ninguna lectura de la imagen debe tomarse como pronóstico de si la empresa sale bien.


