Pregunta por este sueño y lo primero que sale es el ruido. El agua que cae se entiende como una emoción a la que por fin se le deja moverse.
Pídele a alguien que te cuente un sueño de cascada y describirá el ruido antes que el agua. Ese estruendo, y la sensación de estar al lado de algo demasiado grande para detenerlo, sostienen prácticamente todas las lecturas. La imagen se viene interpretando como desahogo: una emoción que estuvo retenida un tiempo y ahora va a alguna parte, a una velocidad que nadie elige.
Los libros de sueños antiguos separan con firmeza esta escena de una inundación. La inundación es agua fuera de su sitio. Una cascada es agua yendo exactamente por donde ha ido siempre, y lo único que asusta es la velocidad. Por esa distinción se trata el agua que cae como alivio, a veces desbordante, y no como ruina. Mucha gente que sueña que se pone debajo cuenta que despierta cansada pero más ligera, cosa que encaja con la lectura heredada y también con el hecho corriente de que los sueños más vívidos llegan al final de la noche.
Tu posición cambia la interpretación mucho más que la cascada. Mirarla desde un mirador suele tomarse como una emoción reconocida y todavía no sentida del todo. Estar justo debajo coloca a quien sueña en medio de lo que se mueve. Caer por el borde se describe por convención como pérdida de control, aunque un número sorprendente de personas que lo sueñan hablan de euforia y no de miedo, y su reacción pesa más que la etiqueta pegada a la imagen.
Hay algo previo a todo esto: quien ha estado al pie de un salto de agua real se lleva aquel día al sueño, y normalmente le gana a lo que pueda añadir un libro. Para quien pasó allí su luna de miel la escena es alegría. Para quien resbaló en la roca mojada es nervio. Lo que ya tenías asociado se usa primero.


