Una imagen que asoma pocas veces al dormir y una de las contadas de las que casi todo el mundo despierta de mejor humor.
Un arcoíris necesita lluvia y sol al mismo tiempo y no existe sin los dos, y de esa condición doble sale toda su lectura: reconciliación, algo duro que ya pasó, un puente tendido entre dos estados. Intérpretes de culturas que no se conocían entre sí dieron con la misma observación, y por eso el símbolo reaparece cuando se habla de riñas que terminan, de dos partes que por fin se encuentran o de un acuerdo que aguanta. Varias tradiciones describen el arco como un camino entre el suelo y el cielo; esas versiones valen como historia y pertenecen a las culturas que las produjeron, no a una verdad compartida por todas.
De todos los fenómenos del cielo que asoman al dormir, este es de los que menos aparecen y de los que mejor se recuerdan. Que dure poco forma parte del sentido y no lo estropea, porque nadie espera que un arcoíris se quede. El alivio del que hablan los manuales es verdadero y también pasajero, y las dos cosas están dentro del símbolo desde el principio.
Lo que venía justo antes decide casi siempre la interpretación. Si el arco sale cuando la tormenta ya ha pasado, se aplica la versión clásica: dificultad terminada, cielo despejándose, color de vuelta. Si aparece en un sueño seco y luminoso, atrae lecturas más decorativas, más cerca del disfrute que del alivio. Un arco pálido, roto o a medio formar se cuenta sobre todo por gente con una esperanza prudente que todavía no se fía del todo.
Sea lo que sea un arcoíris en tu vida, una bandera, un dibujo pegado en la nevera, una tarde concreta que no has olvidado, es casi seguro el material con el que trabajó tu cabeza dormida. Esa capa personal se sitúa por encima de cualquier lista de símbolos y se mira primero.


