De un sótano casi nadie recuerda la habitación: recuerda la bajada, los escalones, el cambio de luz y la decisión de seguir avanzando.
Pregunta por un sueño de sótano y te describirán la bajada antes que el cuarto. Ese detalle explica por qué la imagen se lee como se lee: el sótano representa la parte de una vida que es tuya sin duda, pero que queda por debajo del nivel donde vives a diario, llena de cosas guardadas en lugar de resueltas.
La idea de que la casa soñada dibuja a quien la sueña es en buena medida del siglo veinte, la difundieron autores de psicología y no la heredamos de los tratados antiguos. Se ha convertido en el marco dominante de los diccionarios modernos, y conviene decirlo con claridad, porque a un marco tan reciente hay que sujetarlo con la mano floja.
Dentro de ese marco el sótano guarda memoria, costumbre y material viejo. Las fuentes populares más antiguas se interesan menos por el cuarto como espejo y más por lo que allí se encontraba: una bodega bien surtida valía por suficiencia y una inundada por problemas en la casa.
A unas personas el sótano les da miedo y a otras les aburre, y el sueño sigue ese reparto sin fallar. Si en la infancia jugabas allí abajo, la bajada no traerá la amenaza que los manuales dan por supuesta, y tu recuerdo del sitio vale más que esta entrada. Nada en esta imagen anuncia lo que te va a pasar: pertenece al idioma de las sensaciones y no al de los pronósticos.


