El salto se elige donde la caída se sufre, y esa única diferencia carga con casi todo lo que la tradición tiene que decir sobre esta imagen.
Buena parte de estos sueños se acaban en el instante mismo en que empieza el salto, con un respingo que despierta a quien dormía. La sacudida que da el cuerpo al dejarse caer en el sueño está bien documentada y explica una porción nada pequeña de la imagen, mientras que el brinco deliberado se ha leído siempre como una decisión tomada y no como un accidente sufrido. El contraste con la caída es la ficha entera: uno se elige y la otra no.
Los intérpretes preguntan primero si el salto era un acercamiento o una fuga. Impulsarse hacia un objetivo, por encima de un hueco o encima de algo que ya se movía se entiende como compromiso, el momento en que un plan deja de hablarse y empieza a costarte. Saltar hacia fuera, desde una cornisa o por una ventana, se entiende como prisa por salir de una situación, y asoma a menudo entre quienes le llevan tiempo dando vueltas a algo sin haber movido ficha.
La altura se lee como escala. Un brinquito y un salto desde un tejado son el mismo verbo con apuestas incomparables, y quien sueña recuerda la altura con más exactitud que ninguna otra cosa de la escena. Tirarse al agua es una variante aparte, entendida como meterse en algo emocional y no práctico.
El aterrizaje es el detalle que más conviene recuperar. Caer bien se toma como un riesgo que entra dentro de lo que puedes; caer mal, como uno que sospechas que no; y no llegar a aterrizar nunca, que es con mucho el final más común de los tres, como una decisión que sigue en el aire.
Nada de eso decide el ánimo, que sale de tu historia. Si te tiras de las rocas todos los veranos, la caída puede llegar como gusto y no como pánico, y tu reacción es la señal fiable. Alguien con miedo a las alturas se encuentra el mismo cuadro convertido casi en pesadilla. El símbolo es idéntico en los dos casos y el sueño no.


