El detalle que queda de los sueños de ropa casi siempre es un desajuste, y de ahí que la tradición la lea como el yo público.
Lo que se recuerda al despertar de un sueño de ropa casi siempre es un desajuste: con el atuendo de la ocasión equivocada, con algo que pertenece a otra persona, incapaz de encontrar una sola prenda en un armario lleno. La ropa se lee en la tradición como la versión de ti que enseñas en público, y por eso el desajuste se nota tanto.
Aparecer demasiado informal o demasiado de etiqueta es de los sueños de angustia más contados y se entiende como preocupación por encajar en un papel. Quedarte delante del armario sin poder elegir sugiere indecisión sobre qué versión de ti pide la situación. Llevar la ropa de otra persona se vincula a una identidad prestada, a un papel heredado en vez de escogido, y sale mucho entre quienes han recogido un trabajo o un deber de alguien concreto.
Los libros antiguos cargaban muchísimo aquí. La ropa rota o sucia se leía como reputación dañada, lo que dice bastante de las sociedades que escribieron esos libros y hoy conviene coger con pinzas; una lectura actual apunta más a la sensación de exposición o de desgaste. La ropa nueva sugiere un cambio que estás probándote. Un uniforme, del tipo que sea, se asocia a pertenecer a un grupo y al intercambio que esa pertenencia supone. Quitarse capas y ponérselas se toman como apertura y como defensa, respectivamente.
La ropa es un símbolo raramente personal. El abrigo de una abuela, un vestido de una ocasión que salió mal, la camisa que llevabas el peor día del año pasado: eso lleva memoria concreta, y la memoria concreta es la interpretación. Quien trabaja en moda, en tienda o en teatro sueña con ropa a todas horas y casi siempre por motivos laborales. Si la prenda del sueño es una que tienes de verdad, su historia dentro de tu vida es el primer sitio donde mirar.


