Un sueño que se agolpa alrededor de citas médicas reales y que, cuando no las hay, se lee como un cambio hecho a propósito por manos ajenas.
Los relatos de estos sueños se agolpan alrededor de acontecimientos médicos reales. La gente los cuenta antes de una operación, en las semanas siguientes, mientras espera resultados y mientras alguien de la familia está ingresado, y en todos esos casos el sueño hace el trabajo corriente de ensayar aquello que la cabeza no consigue soltar. Cuando no hay nada de eso en marcha, la lectura heredada habla de un cambio deliberado: algo retirado o reparado por manos que no son las de quien sueña.
El elemento al que vuelven los intérpretes es la mezcla de consentimiento e impotencia. Una operación es una situación que una persona acepta y después no puede influir, y los sueños que usan la imagen se cuentan mucho en periodos en que alguien se ha apuntado a algo y luego ha descubierto que no pinta nada en cómo avanza. La anestesia lleva nota propia, casi siempre sobre tiempo que pasa sin que quien sueña esté presente.
La parte pesa más que el procedimiento. Todo lo que toca a los ojos va con ver de otra manera. Las manos se atan a la capacidad y el corazón a lo que quien sueña considera privado. Operar a otra persona, o verla operada, desplaza el cuadro hacia la responsabilidad y hacia el miedo a hacer daño intentando ayudar. Un procedimiento contemplado sin dolor se lee como distancia.
Con toda claridad: esta imagen no diagnostica nada, ni en ti ni en nadie. No es una señal sobre ninguna parte del cuerpo ni un motivo de alarma. Interpretar sueños es una vieja costumbre de interrogar una escena y nunca ha sido un instrumento clínico.
Quien ha pasado por un quirófano, o ha esperado a alguien que estaba dentro, trae aquí una carga personal que ninguna lectura general puede tapar. El sentido del diccionario llega muy por detrás del recuerdo.


