El mercado se interpreta tradicionalmente como el lugar del intercambio: lo que tienes, lo que quieres y el precio que queda en medio de las dos cosas.
Lo primero que cuenta casi todo el mundo de un sueño de mercado es el ruido: voces que se cruzan, monedas que cambian de mano y más posibilidades de las que caben en una sola noche. La tradición interpretativa ve ahí, sobre todo, un sitio de intercambio, con lo que uno tiene por un lado, lo que desea por el otro, y un precio puesto entre ambas cosas. Los viejos libros de sueños hacían del mercado una imagen de la vida en sociedad, donde todo tiene su cotización y nada queda del todo cerrado.
El puesto es la oferta y el paseo entre los pasillos es la duda. Un mercado desbordado de fruta, tela y pan pasa por abundancia de opciones mucho antes que por abundancia de dinero, y la escena aparece con frecuencia en gente que tiene varios caminos abiertos y ninguno que se imponga. Con las persianas bajadas y las cajas volcadas, el mercado cerrado recibe la lectura contraria: que la hora de elegir ya pasó, o que aquello que se ofrecía nunca se quiso de verdad.
El regateo añade una nota aparte. Mucha gente se despierta acordándose de la discusión y no de la mercancía, y eso se relaciona desde hace siglos con el esfuerzo que cuesta reclamar lo tuyo en la vida despierta: un aumento, una mano, un reparto más justo del trabajo.
Un mercado sigue siendo un sitio por el que ha pasado casi cualquiera, muchas veces a una edad que dejó marca. Quien creció al lado de una plaza de abastos, echando una mano en un puesto, trae al sueño un calor que ninguna ficha puede adivinar. Quien se perdió de criatura en un mercadillo lleno de gente trae otra cosa muy distinta. Mira primero qué han representado esos sitios en tus propios años, porque ese recuerdo trabaja más que el símbolo.
Nada de esto anuncia una compra, una ganga ni una pérdida. Es una manera de describir cómo estaba alguien sopesando las cosas mientras dormía.


