Fresca, derramada o cortada, la leche se lee como alimento que se recibe y no que se gana; el estado en que aparece cambia casi toda la interpretación.
Sed, una toma de madrugada, un bebé llorando en el cuarto de al lado: la leche entra en los sueños por motivos corrientes tantas veces como por motivos simbólicos. Cuando la tradición sí la interpreta, la toma por alimento que llega de otro y no por alimento ganado, y ese sentido se ha mantenido en los libros de sueños durante siglos porque es lo primero que come cualquiera. Fresca suele valer como cuidado, abundancia y seguridad temprana.
Servida y bebida sin incidentes, apunta a sustento y a un bienestar sin adornos. Derramada arrastra el refrán que todos conocemos, y quien interpreta la usa igual: una pérdida diminuta en sí misma que molesta muchísimo más de lo que vale. Agria o cortada se ha ligado desde muy atrás al cuidado que llegó tarde o a una generosidad pasada de fecha, aunque conviene recordar que casi todos hemos abierto un cartón en mal estado alguna vez y que ese olor vuelve solo.
La escena cambia según de quién venga. Recibirla apunta a apoyo que llega, darla a estar sosteniendo a alguien. Comprarla resulta más ambigua en las fuentes viejas, porque una compra convierte el regalo en trato. Los sueños en los que alimentas a un bebé acompañan a menudo a esta imagen y se relacionan con la responsabilidad, no con ningún embarazo real.
Este símbolo depende de la persona más de lo normal. Quien no tolera la lactosa, o creció donde la leche apenas se toma, no carga con las asociaciones de quien se crió en un caserío. Para un padre en plena etapa de tomas nocturnas la imagen puede ser puro agotamiento. Para alguien distanciado de su madre puede venir con otro peso encima. La lectura de diccionario es un punto de partida y la historia personal la corrige.
Aquí no se promete fortuna ni se advierte de desgracias. Estos sueños describen cuán sostenida se siente una persona, y esa descripción solo sirve si coincide con algo que reconoces.


