Uno de los sueños con más relatos en todo el planeta, que sigue apareciendo décadas después de la última clase y casi siempre sin haber estudiado.
Décadas después de pisar un aula por última vez, hay gente que sigue examinándose mientras duerme de asignaturas que no ha preparado. Es de los sueños más contados en cualquier parte del mundo, y la lectura habitual dice que trata de que te evalúen, no de estar en el colegio. El decorado está prestado; la sensación que trae es de ahora.
El colegio es donde casi todos conocimos la evaluación formal, y de ahí salió el vocabulario: un aula, un reloj, un papel, una nota que se lee en voz alta o se cuelga en un tablón. La tradición trata la clase como decorado de repertorio y no como el asunto. Por eso lo cuenta tantísima gente que está encantada con los estudios que hizo y no tiene ninguna cuenta pendiente con ellos.
El caso aparte es quien lo pasó mal de verdad estudiando, por una enfermedad, por cambiar de país a media escolaridad o por un sistema de evaluación que lo trató mal. Esa persona trabaja con un material que una ficha general no ve, y la interpretación que le sirve es la que sale de su propia experiencia de ser calificada.
Los relatos se agrupan alrededor de evaluaciones de desempeño, entrevistas de trabajo, puestos nuevos, el carné de conducir, colegiaciones y las primeras semanas de cualquier cosa en la que te miran trabajar. Hay madres y padres que lo cuentan antes de que se examinen sus hijos. Nada de eso es una regla, y mucha gente lo tiene en un mes tranquilo sin causa localizable. Vale la pena añadir que el sueño no demuestra falta de preparación: personas muy capaces lo cuentan sin parar, a menudo la víspera de hacer algo estupendamente.


