Un sueño cuyo sentido depende casi por completo de cómo te dejó, porque salir de algo se puede leer como libertad o como manera de no afrontarlo.
De un sueño de fuga lo primero que merece apuntarse es el humor con el que despertaste, porque varía más que la historia. Salir de algo se ha entendido siempre de dos maneras: como un paso hacia la libertad y como una forma de no mirar lo que quedó atrás. La tradición nunca zanjó esa discusión, y resulta útil que no lo hiciera, porque escenas idénticas admiten los dos sentidos.
Escapar de un edificio, de una habitación o de un país se entiende como distancia respecto de una situación. Escapar de una persecución o de una detención pertenece a otra familia y se acerca a la idea de consecuencia, a algo que quien sueña siente que le viene detrás y no solo que le aprieta. Conseguirlo y quedarse a un paso pesan distinto en los repertorios antiguos: el fracaso por poco se considera el más revelador, porque guarda el deseo y la duda en la misma escena.
Bastantes personas que cuentan estos sueños describen una racha de aplazamientos: una conversación que no se tuvo, un empleo aguantado durante un preaviso largo, un acuerdo que dejó de encajar hace tiempo. Es un patrón en los relatos, no una regla, y no le servirá a todo el mundo. Merece aparecer porque da al sueño una explicación corriente que convive sin problema con la simbólica.
Las lecturas generales se agotan rápido, porque aquello de lo que se huye es casi siempre personal. Quien escapa de una fiesta abarrotada no está teniendo el sueño de quien escapa de una inundación, aunque el diccionario meta a los dos bajo el mismo título. Tu respuesta a qué querías dejar atrás rinde más que esta ficha, y si la respuesta es que llegabas tarde a algo, también es una respuesta.


