Una figura que no reconoces y de la que aun así tenías certeza, leída en casi todas las tradiciones como algo tuyo que todavía no tiene nombre.
Lo raro de este sueño es la seguridad. Quien lo cuenta despierta convencido de que sabía perfectamente quién era esa persona y a la vez incapaz de dar un nombre o describir una cara. Los intérpretes llevan siglos aprovechando ese hueco, y la lectura habitual convierte a la figura desconocida en algo que está formándose dentro de quien sueña y todavía no ha recibido nombre.
En las lecturas que vienen de la psicología del siglo veinte, la figura desconocida carga con cualidades que quien sueña no reclama como suyas. Un desconocido que mantiene la calma en un lío, o que resulta grosero de un modo que tú nunca serías, representa una capacidad o un impulso que se tiene a distancia. Las tradiciones populares decían algo parecido con otro vocabulario: trataban al visitante como noticias llegadas de fuera del círculo de siempre.
El desconocido que echa una mano es de las variantes más registradas, y suele glosarse como recursos propios que quien sueña no se ha apuntado en su haber. El que se limita a observar cae dentro de las lecturas sobre sentir la mirada y el juicio ajenos. El amenazante se acerca a los sueños de persecución y, en la vida despierta, viene detrás de una temporada esquivando algún asunto.
Vale la pena decirlo sin adornos: no se cree que el cerebro dormido invente caras de la nada. Estas figuras se montan con gente vista y olvidada, en el metro, en una cola, al fondo de una fotografía. Un rostro puede parecer completamente nuevo y estar prestado. Los diarios de sueños llevados durante años muestran a los mismos pocos desconocidos volviendo, cosa que encaja mejor con el reciclaje que con la invención.
Lo que más cuenta es la sensación que dejó la figura, y esa es personal y rara vez coincide con una lista. Dos personas pueden describir al mismo desconocido callado y querer decir cosas opuestas.


