El sueño que pregunta quién lleva el volante, leído a través de los frenos, del asiento del copiloto y de si la carretera iba donde tú esperabas.
Casi toda interpretación de este sueño desemboca en la misma pregunta: ¿quién conducía? Conducir se toma tradicionalmente como un retrato de cuánto control sientes sobre el rumbo de tu vida, y por eso los detalles que se buscan son los pedales, los frenos, el asiento de al lado y si la carretera llevaba adonde tú creías. Es de las pocas imágenes cuyo sentido heredado queda pegado al literal.
Los frenos que no responden se cuentan más que ninguna otra, con mucha diferencia, y se relacionan con una situación que quien sueña no consigue frenar. Manejar desde el asiento de atrás, o descubrir que no hay nadie al volante, pertenece a la misma familia y habla de responsabilidad sin mando. Ir de copiloto mientras alguien conduce fatal se asocia con haberle dejado una decisión a otra persona. Conducir de noche casi sin ver encaja mejor con los sueños de niebla, porque allí el problema es la vista y no la dirección.
Parte de esto es sencillamente conducir. Quien hace muchos kilómetros al día sueña con atascos igual que un cocinero sueña con un servicio lleno, y un susto del martes reaparece el miércoles por la noche con los detalles cambiados de sitio. Quien se está sacando el carné sueña con el examen. Quien acaba de dejar el coche sueña con él más de lo que esperaba. Nada de eso necesita ser simbólico para merecer que lo tengas en cuenta.
Que conduzcas a diario, que lo hayas dejado o que no aprendieras nunca cambia esta imagen más que cualquier tradición, y quien no ha tenido carné no sueña el volante como lo sueña un camionero. El vehículo también carga significado propio: es habitual reconocer un coche concreto del propio pasado. Toma la sensación de control como hilo y síguelo hasta las zonas de tu vida despierta donde vive esa misma sensación.


