Lo que da miedo de un cocodrilo es lo quieto que está antes, y esa quietud es exactamente el material con el que trabaja la tradición interpretativa.
Lo que asusta de un cocodrilo es lo quieto que se queda antes. Con esa cualidad trabaja la tradición: el animal representa un peligro escondido o un sentimiento escondido, algo sumergido que sabe perfectamente dónde estás mientras aparenta ser un tronco.
Quien interpreta atiende casi tanto al agua como al animal, porque el agua se entiende en casi todas partes como emoción. Un cocodrilo en agua turbia sugiere algo dentro de tus sentimientos cuyo fondo no alcanzas a ver, muchas veces una rabia que nunca has reconocido. En tierra firme la lectura se desplaza hacia una amenaza que al menos puedes mirar de frente. Observarlo sin que te vea se asocia a darte cuenta de algo, y que te persiga, cosa que se describe como insoportablemente lenta, suele ligarse a un problema alrededor del cual llevas mucho tiempo dando vueltas.
Las tradiciones africanas y australianas, que tienen cocodrilos de verdad, tratan al animal con más matices que los libros europeos, que se lo tomaron prestado sobre todo como monstruo. En varias fuentes es una figura de paciencia antigua y de frontera entre elementos antes que de pura amenaza. Lo de las lágrimas de cocodrilo, la pena representada y no sentida, es un añadido europeo salido de los bestiarios medievales, y sí asoma en sueños que van de la falta de sinceridad.
Con una imagen tan cargada conviene mirar tu propia semana. Documentales de naturaleza, unas vacaciones donde los hay, un parque de fauna con un niño o una película vista la noche anterior son fuentes corrientes y nada llamativas. Quien trabaja con reptiles producirá este sueño sin rastro del pavor que da por supuesto la lectura estándar, y su interpretación tiene que empezar en otro sitio.


