Rara vez aparece sola: llega con una casa entera detrás, con su silla y con el olor de una cocina pegado a ella.
La abuela casi nunca sale sola. Llega con una casa detrás, y quien la sueña describe el cuarto, la comida, una silla concreta y el tacto de sus manos con mucha más nitidez que cualquier cosa que dijera. La lectura heredada va con ese decorado: se la toma por la continuidad, por el mantenimiento de un hogar y de sus historias, y por unos cuidados que aparecen sin que nadie los pida.
Los libros antiguos atan esta figura al hogar porque así estaban organizadas las casas donde se escribieron, no por nada esencial de las abuelas. Conviene leerlo como historia y no como regla. A mucha gente le sale en sueños una abuela que llevó un negocio, trabajó el campo, emigró sola o sostuvo a la familia entera durante una guerra, y la figura del sueño trae esa vida y no un delantal genérico.
Un montón de personas cuentan que les dijo algo. Una advertencia, una instrucción, una pregunta que no supieron responder. La tradición popular trata esas palabras como una guía que baja de generación en generación, mientras que los lectores de corte más moderno las toman por la propia persona hablándose con una voz que sí está dispuesta a escuchar. En cualquiera de los dos casos, el consejo merece pensarse por su contenido, que resulta bastante más prudente que obedecerlo.
La mujer de tu sueño no es el arquetipo del libro. Quien creció con su abuela tiene una madre en esa silla. Quien tuvo una abuela fría, o no llegó a conocerla, tiene ahí sentada una ausencia, y una ausencia se lee de manera muy distinta. Primero tu historia; los significados generales, después y a distancia.


