Una de las pocas imágenes en las que las lecturas heredadas se contradicen sin disimulo, y donde el trabajo lo hace el suelo y no el cielo.
Con el terremoto las fuentes antiguas se pelean más que con casi cualquier otro paisaje. Una línea lo entiende como sacudida y pérdida de apoyo, un golpe que llega desde abajo; otra lo entiende como una construcción que ya estaba mal y termina viniéndose abajo, algo más cercano al alivio que al desastre. Las dos llevan siglos por escrito y ninguna anuncia un temblor ni ninguna otra cosa.
La tormenta, la riada y el incendio llegan de un sitio que puedes mirar. El terremoto se distingue en que lo que cede es aquello sobre lo que estabas de pie, y ahí está toda su fuerza simbólica. Los repertorios viejos lo relacionan con las partes de una vida que se dan por supuestas en lugar de revisarse: un trabajo que iba a estar siempre, un reparto familiar que nadie había cuestionado, una idea sobre quién eres que nunca hizo falta poner a prueba.
Quien tiene este sueño suele describir el rato posterior más que la sacudida: mirar las grietas desde la calle, comprobar si un edificio concreto sigue en pie, contar quién está. Ese acento se lee como un sueño sobre lo que quieres que sobreviva a un cambio, más que sobre el cambio en sí. Qué edificio buscaste primero acaba siendo el dato más revelador de toda la escena.
Esta ficha está escrita para un lector cualquiera y no vale igual para todo el mundo. Quien ha pasado un terremoto en Chile, México, Turquía, Japón o cualquier otro sitio con fallas activas sueña desde el recuerdo y no desde la metáfora, y el recuerdo manda sobre cualquier símbolo. Lo mismo cabe decir de quien creció oyendo contar uno en casa. En ese caso el sueño está haciendo el trabajo corriente de digerir algo real, y archivarlo como cambio laboral sería desaprovecharlo.


