Ningún objeto ha entrado tan deprisa en los libros de sueños, y casi siempre aparece averiado: números que no se pulsan, cobertura que falta, voces que callan.
El móvil se ha colado en el diccionario de los sueños a una velocidad que no tiene ningún otro objeto. Aparece hoy en más relatos nocturnos que la mayoría de los animales, y la lectura que se ha ido asentando alrededor de él tiene que ver con el contacto: el aparato representa el vínculo con los demás, y la escena trata casi siempre de un vínculo que no llega a establecerse. El teléfono que funciona apenas se recuerda. El que falla se queda con toda la noche.
A los intérpretes les dice mucho más quien llama que el aparato. Hablar con alguien que ha muerto es un relato frecuente y a menudo reconfortante, entendido como una conversación que la cabeza sigue teniendo por su cuenta y no como mensaje de ningún tipo. La llamada de una persona con la que rompiste se mide según cómo esté ese silencio. Un número desconocido arrastra la interpretación más antigua de esta familia, la de una noticia sin concretar, y quien sueña rara vez llega a enterarse de cuál era.
Casi todos pasamos horas con el móvil en la mano, así que hay material de sobra y muchas veces no hay nada más que eso. Un aviso que suena mientras duermes, una llamada que temías, un mensaje sin contestar: cualquiera de esas cosas basta para montar la escena. Y el objeto no representa lo mismo para todos. Para quien recibe el trabajo por ahí es una obligación; para quien vive lejos de los suyos es el único hilo que queda. Esos dos durmientes no tienen el mismo aparato en la mano, aunque el dibujo se parezca.


