Casi nadie se libra de este sueño, y el escenario rara vez es un país extraño: suele ser tu propia ciudad con las calles cambiadas de sitio.
Una lectura extendida entiende perderse como un asunto de rumbo y no de geografía: una decisión todavía abierta, un camino que servía y ha dejado de servir, unas semanas en las que el paso siguiente no está nada claro. Conviene saber, antes de interpretar nada, que este sueño lo cuenta casi todo el mundo en algún momento. Lo que cuenta la gente rara vez es un sitio desconocido: es su barrio o una antigua oficina, retocados lo justo para que ninguna calle desemboque donde debería.
Este sueño se concentra en las épocas de cambio: una mudanza, el primer mes en un trabajo, el final de una relación larga, unos estudios que se acaban, un país cambiado por otro. También viene después de un viaje complicado, y cualquiera que haya dado vueltas de verdad por una ciudad ajena con el cuatro por ciento de batería reconoce de dónde salió el material.
La misma imagen no cae igual en dos personas. Alguien que se orienta por oficio, o que anda por la montaña, se encuentra aquí con un problema técnico que tiene sus reglas; alguien que nunca ha tenido sentido de la orientación lo vive como ruido de fondo. Las dos reacciones valen, y ambas dicen más que un significado fijo, porque el sueño se monta con tu relación particular con no saber dónde estás.


