Demasiado grande, demasiado baja, doble o roja como la sangre: así se recuerda la Luna soñada, y la fase es lo primero que cualquiera se pone a interpretar.
De una Luna soñada se retiene el tamaño o el color: enorme, demasiado baja, duplicada, roja como la sangre, o colgada en un cielo de pleno día. En una gama amplísima de culturas el relato tradicional la une a los ciclos, al sentir más que al pensar, y a esas partes de la vida que cambian según un calendario propio. La luna llena sugiere algo en su punto máximo, la luna nueva un comienzo que aún no se ve.
Como la Luna cambia de forma, la fase es lo primero que interpreta cualquiera. Creciente va con crecimiento y menguante con soltar. Un eclipse, que se cuenta muchísimo más de lo que se presencia, indica una pérdida pasajera de claridad y no un presagio, diga lo que diga el folclore antiguo al respecto. Dos lunas en el mismo cielo aparecen con sorprendente frecuencia y suelen ligarse a una situación partida en dos, o a la elección entre dos versiones de una vida.
La vieja creencia de que la Luna gobierna el humor ha dejado una huella honda en las lecturas de sueños y en el propio idioma. La investigación sobre el sueño y el ciclo lunar es dispar en el mejor de los casos, y nada de lo escrito aquí debe tomarse como una afirmación sobre cómo nos afecta el satélite. Lo que sí puede decirse es que los durmientes asocian la imagen a un clima emocional, y que las lecturas han seguido esa asociación y no un mecanismo físico.
El símbolo aterriza de manera muy distinta según quién lo sueñe. Alguien que sigue las fases a propósito, por un calendario, una fiesta o un huerto, llega con todo un marco ya montado. Alguien cuya última mirada de verdad a la Luna ocurrió una noche concreta con una persona concreta llega con un recuerdo. Ambas cosas mandan sobre el relato general, y la Luna que salió en tu sueño es la que hay que trabajar.


