Pocos animales dividen tanto a los libros de sueños. Una línea de lectura ve un depredador, otra ve lealtad y parentesco, y las dos vienen de lejos.
Pocos animales dividen los libros de sueños con esta claridad. Una línea de interpretación hace del lobo una amenaza, el depredador que espera más allá de la luz de la hoguera. Otra hace de él lealtad, resistencia y parentesco, porque los lobos viven en grupos apretados y cazan como uno solo. Las dos lecturas son viejas, las dos se repiten en todas partes, y el propio sueño suele dejar bien a la vista cuál está en juego.
El número importa en casi todas las versiones. Un animal aislado, sobre todo si mira desde lejos en vez de acercarse, se interpreta con frecuencia como una parte de quien sueña que se ha mantenido apartada de los demás. La manada desplaza el sentido hacia la pertenencia, o hacia su presión, según si quien sueña está dentro del grupo o rodeado por él.
Que te sigan la pista sin llegar a alcanzarte es una variante frecuente, y queda muy cerca de los demás sueños de persecución. Esos suelen venir después de una temporada esquivando algo antes que de un peligro externo, explicación más aburrida que el folclore y por lo común más útil.
Conviene ser honesto sobre el origen del lobo que asusta. Buena parte viene de cuentos contados a niños en un rincón del mundo, no de una experiencia humana compartida con el animal. Donde los lobos forman parte de un paisaje de trabajo el sueño se lee de otra manera, y en tradiciones que los tienen por guía o por antepasado no inquieta lo más mínimo. Ninguna de estas versiones es la autorizada, y un diccionario que finja lo contrario está informando de su propio barrio.
Alguien que ha criado perros mira un lobo y ve una silueta conocida, así que el sueño le suena a curiosidad. Alguien que solo ha encontrado lobos en cuentos ve una amenaza. Esa diferencia decide el sentido de la noche antes de que ninguna interpretación se le acerque.


