Casi nadie sale de este sueño pensando en sabores. La lengua ocupa el lugar del habla, y la escena gira casi siempre en torno a algo dicho o callado.
Se espera el gusto y la tradición entrega otra cosa muy distinta. En casi todo el material interpretativo la lengua ocupa el lugar del habla, y los sueños que la gente cuenta lo confirman: una lengua demasiado pesada para moverse, otra que no hay manera de parar, una mordida en mitad de una frase. Lo que las une es el lenguaje y no el sabor, y de ahí sale todo lo demás. Una lengua que funciona bien se entiende como poder decir lo que piensas, y cualquier avería en ella como un estorbo para lo mismo.
La queja más repetida es una lengua que no responde. Se describen palabras que salen hechas papilla, o una boca tan llena que no deja formar ni una sílaba, y la interpretación es directa: algo que no has conseguido decir. La parálisis del sueño y la flojera muscular normal de la fase en que se sueña alimentan las dos esa sensación, conviene saberlo antes de echar mano de ningún símbolo. La versión contraria, en la que hablas sin poder frenar, se entiende como palabras ya sueltas que no hay forma de recoger, y quien la sueña despierta a menudo con vergüenza de algo que dijo la tarde anterior.
Morderse la lengua se lee casi en todas partes como autocensura, y es la única variante en la que el dicho corriente y el sentido onírico coinciden al milímetro. Las versiones más sangrientas llevan la misma idea con más fuerza detrás, y los repertorios antiguos las toman como un habla que otro ha silenciado y no quien duerme. Nada de esto se trata como un comentario sobre el cuerpo, ni debe leerse así.
Quien vive entre dos idiomas conoce una versión de este sueño que ningún diccionario general alcanza: la boca que no consigue formar una palabra que se sabe perfectamente, la frase que sale en el idioma equivocado. Si esa es tu experiencia diaria, el sueño describe algo concreto y no algo simbólico, y tu lectura vale más que ninguna heredada.


