De una discusión soñada no sobreviven las palabras, solo el calor, y ese calor es lo que se interpreta: un roce que todavía no se ha dicho en voz alta.
De un sueño de discusión casi nunca sobrevive la discusión. Uno se despierta con la certeza de haber estado en plena furia y de saber con quién, y luego no consigue reconstruir ni una frase. Lo que se interpreta es ese calor sobrante y no las palabras: la bronca soñada pasa por un roce que aún no se ha dicho en voz alta. Hay una versión más antigua que trata al contrario como sustituto de algo del propio durmiente, y eso explica que discutir con un desconocido sin cara sea un relato tan repetido.
Es lo primero que se mira. Una pelea soñada con la pareja se compara con el estado de la relación y no vale como informe sobre ella, y mucha gente amanece molesta con alguien que no ha hecho absolutamente nada. Discutir con un padre o una madre se liga tradicionalmente a la autoridad antigua y no a esa persona tal como es hoy. Discutir con un jefe o con un profesor suele entenderse como la presión con una cara puesta encima. Y el adversario cuyos rasgos nunca terminan de aparecer es la versión que más se toma por una discusión contigo.
Importa menos el desenlace que si te oían. Que te griten por encima, o abrir la boca y que no salga nada, es de las formas más contadas y entra en la familia de escenas en las que uno no puede actuar. Ganar de calle es raro y suele tomarse por ensayo: una conversación que llevas redactando en vigilia sin haberla tenido nunca.
Esto conviene manejarlo con cuidado, porque la sensación puede durar horas y cuesta de verdad quitársela de encima. Ese resto es un dato sobre tu noche y no una prueba sobre la otra persona; no dice nada de lo que haya hecho. Lo que sí queda a la vista es una conversación que vienes aplazando. Tu historia con esa persona concreta moldea la escena mucho más que cualquier interpretación general de las discusiones, y esa historia solo la tienes tú.


