Casi todo el que sueña que lee cuenta el mismo detalle raro: las palabras no se quedan quietas, y ahí está lo más interesante de la imagen.
El detalle que repite casi cualquiera que cuente este sueño es el mismo: las palabras no se estaban quietas. Las líneas se reordenan, una frase dice otra cosa en la segunda pasada, las letras se deslizan hacia formas que están a punto de ser lenguaje y no llegan. Se cuenta tantas veces que quienes practican darse cuenta de que están soñando lo usan a propósito como comprobación. Al lado de esa rareza, el tratamiento heredado del gesto resulta sencillo: leer mientras se duerme se ha entendido durante mucho tiempo como buscar una respuesta.
La lectura despierta se apoya mucho en zonas del cerebro que están bastante calladas durante el sueño REM, así que lo que aparece en la página es la impresión de un texto y no un texto. Desde dentro se siente exactamente igual que leer, pero el contenido se improvisa renglón a renglón sin nada que lo sujete, de modo que la página ya ha cambiado cuando vuelves a mirarla. Encontrar lo escrito inestable de noche es más la norma que la excepción, y no dice absolutamente nada sobre lo bien que lee nadie despierto.
Los libros de sueños antiguos entienden la lectura como instrucción buscada. Leer en silencio se describe como pensamiento privado; leer en voz alta, como algo que la persona quiere que otros entiendan; leer delante de un grupo, como retrato de estar bajo evaluación. Una página en blanco, arrancada o escrita en un alfabeto desconocido atrae comentarios sobre información que no ha llegado, más que sobre información escondida a propósito.
El objeto suele pesar más que el gesto. Una carta, un libro de texto del colegio, un documento oficial y una novela empujan el sueño a lugares distintos, y es a menudo la parte que uno recuerda a medias con más nitidez. Si vives de leer, o si en la infancia te hicieron sentir lentitud al leer, esta imagen te llega con una carga propia, y ahí ninguna ficha escrita para todo el mundo puede sustituirte.


