Letras que se recolocan solas y bolígrafos que no pintan son las versiones que quedan. El acto se lee como el deseo de que algo quede dicho o guardado.
La pregunta que hace la gente sobre este sueño es casi siempre la misma: ¿por qué no conseguía leer lo que acababa de escribir? Un texto que no se queda quieto, letras que se recolocan entre dos miradas, un bolígrafo que no deja marca, son las versiones que se quedan grabadas. El acto en sí se interpreta como expresión, y con más precisión como el deseo de que algo quede registrado, entendido o lo bastante fijo para no perderse en el olvido.
La página ilegible tiene una explicación llana que no necesita ni una gota de simbolismo. Leer mientras se duerme es notoriamente inestable para casi todo el mundo. Las palabras se niegan a conservar su forma, cambian en la segunda mirada o resultan un galimatías al examinarlas. Ocurre con tanta regularidad que los soñadores lúcidos usan un texto impreso como comprobación deliberada de si están dormidos. Si tu letra soñada se portó fatal, estás describiendo algo que describe muchísima gente.
Nada de eso anula la lectura antigua, pero merece ir delante. Poco sentido tiene buscar un mensaje privado dentro de un rasgo que comparten casi todas las cabezas dormidas.
La interpretación tiene bastante más con lo que trabajar en cuanto hay contenido. Escribir a una persona concreta se lee como algo que quedó sin decirle. Firmar un documento se lee como compromiso, y la variante angustiosa, firmar sin haber leído una línea, como un acuerdo entregado demasiado rápido. Un texto que se rompe o se borra nada más aparecer se lee como un intento de expresión que quien sueña todavía no confía a nadie.
Queda el caso de quien trabaja con palabras, que debería descontar casi todo lo anterior. Para una novelista a mitad de borrador, un estudiante enterrado en una tesis o alguien ahogado en formularios, soñar que escribe es la jornada que sigue y no un símbolo que llega, igual que se sueña con el turno recién terminado.


