Pocos animales parten en dos los libros de sueños: en unos sitios el gato es presencia afortunada en casa y en otros representa un engaño callado.
Casi ningún otro animal divide los repertorios de sueños como el gato. En una rama de la tradición es una presencia afortunada dentro de una casa, figura de calma y de dominio propio. En otra, la misma criatura señala algo astuto moviéndose por el borde de tus asuntos, alguien o algo que no estás viendo con claridad.
Las dos nacieron de la misma observación. El gato vive junto a la gente sin llegar a pertenecerle nunca. Es cariñoso cuando le conviene, se va y vuelve sin explicar nada, y caza en silencio. Las culturas que admiraron esa independencia convirtieron al animal en símbolo de aplomo y de instinto. Las que desconfiaron de ella convirtieron esas mismas cualidades en símbolo de un amigo que se guarda algo.
Como las dos versiones se contradicen, el diccionario decide poco por su cuenta. El tono lo marca casi siempre cómo se portó el gato y cómo te sentías mirándolo. Un gato dormido sobre tus pies y un gato observándote desde un portal oscuro no son el mismo sueño con distinto pelaje.
Aquí el diccionario tiene que ceder. Quien creció con tres gatos en el sofá carga asociaciones distintas de quien recibió un arañazo serio en la infancia o de quien no aguanta diez minutos en una habitación con uno sin que le lloren los ojos. El animal del sueño está hecho con tus recuerdos de gatos mucho más que con ninguna definición de manual, así que empieza por ahí antes de coger nada heredado.


