Se olvida casi todo menos quién lo sostenía, y ese dato parte la tradición en dos: capacidad en tu mano, amenaza en la ajena.
Se borre lo que se borre por la mañana, quien sueña recuerda en qué mano estaba, y ese único dato parte la tradición por la mitad. Un cuchillo en la tuya se toma por capacidad: poder cortar, separar, decidir algo que llevaba demasiado tiempo unido. Un cuchillo en la de otra persona figura una amenaza, y a menudo lenguaje más que violencia, porque las recopilaciones más viejas atan la hoja a las palabras que hieren.
Las versiones favorables pasan casi todas por usar el objeto para lo que es. Un cuchillo de cocina partiendo pan, una hoja abriendo un paquete, un corte limpio en una cuerda: eso se entiende como separación hecha a propósito, y aparece en gente que está terminando algo y ya lo tiene decidido. El cuchillo sin filo lleva la idea contraria y se cuenta muchísimo, ligado a intentar rematar una tarea con herramientas que no dan la talla. Una hoja que sencillamente no corta lleva siglos en las recopilaciones como la frustración convertida en objeto.
Que te amenacen con una hoja, o que te corten, se despierta mal y conviene ponerlo en su sitio. La herida se lee en clave simbólica, no vale como información sobre tu cuerpo ni sobre el de nadie, y no se toma por aviso de que algo vaya a pasar. Cuando quien sostenía el cuchillo era una persona real, lo prudente es decir lo mismo: la escena refleja lo que tú sientes hacia ella, y un sentimiento no es una prueba. La sangre, si salía, tiene su propia serie de interpretaciones y casi ninguna es literal.
El cuchillo es también un objeto que casi todo el mundo maneja a diario, y un dedo cortado el martes explica mejor un sueño del miércoles que cualquier símbolo. Más allá de eso, decide lo que el objeto significa para ti. Alguien que cocina para vivir, alguien a quien amenazaron una vez con uno y alguien a quien simplemente le desagrada mirarlos son tres durmientes distintos, y solo uno de ellos está teniendo el sueño de arriba.


