Lo primero que se recuerda es la puerta y no la celda: se separa el límite impuesto desde fuera de aquel que uno simplemente ha dejado de probar.
Pregunta a cualquiera por un sueño de cárcel y te describirá la puerta antes que la celda. Si estaba cerrada, y sobre todo si llegó a probarla, es el detalle del que cuelga todo lo demás: la prisión representa encierro, y se distingue con claridad entre un límite puesto desde fuera y otro que quien sueña simplemente ha dejado de comprobar. El segundo se cuenta más y da más juego.
La puerta abierta que nadie cruza se viene leyendo desde hace mucho como una obligación, una costumbre o un arreglo que podría abandonarse y no se abandona. Trabajos, rutinas y relaciones asentadas están detrás de esta imagen, y quienes la cuentan mencionan a menudo la sensación de que la salida estaba disponible y no apetecía, las dos cosas a la vez. Esa ambivalencia se toma como el contenido del sueño y no como un despiste.
Acabar en una celda tras un proceso que nadie explica pertenece al grupo de sueños de angustia sobre el juicio ajeno. Ir de visita en lugar de estar dentro se entiende como preocupación por una persona a la que ves atascada. Salir en libertad es una de las variantes más tranquilas y suele ligarse a algo que se ha aflojado hace poco en la vida despierta. La celda con ventana, que la gente recuerda con una nitidez llamativa, pasa tradicionalmente por encierro con vistas a lo que hay fuera, y esa disposición se considera la más esperanzada de todas.
No va a opinar sobre ningún asunto judicial, porque un sueño no aporta nada a eso y este no es el lugar para esa clase de orientación. Y tampoco va a fingir que la imagen se lee igual para cualquiera. Quien ha estado dentro, o quien va a visitar a alguien con frecuencia, llega a esta escena con unas asociaciones que ninguna ficha general puede sustituir, y para esa persona el sueño suele ir de memoria y no de metáfora.


