Un círculo cerrado que se lleva puesto en el cuerpo, y por eso la tradición lo lee como compromiso y pertenencia, con su cara cómoda y su cara incómoda.
El anillo lleva una doble vida dentro de la tradición interpretativa. Es un regalo y una señal de haber sido elegido, un círculo sin principio en ningún punto, y es también una argolla que se cierra en un dedo y no siempre sale cuando se lo pides. Casi todas las lecturas reunidas a lo largo de los siglos se mueven entre esos dos hechos y presentan el anillo como imagen del compromiso, tanto del deseado como del que aprieta.
La mitad círculo aporta lo cálido: continuidad, pertenencia, algo que sostiene, una promesa que la forma renueva sola. Recibir un anillo se describe como reconocimiento, y encontrarse uno se comenta como algo valioso que aparece en una vida que no andaba buscándolo. La mitad argolla aporta lo frío, y ahí el objeto idéntico se convierte en una obligación que se lleva puesta en el cuerpo, donde todo el mundo la ve.
Perder un anillo es de las imágenes más contadas de esta categoría y preocupa mucho más de lo que merece. Los anillos se escurren de verdad con el frío, después de un cambio de peso o fregando, así que el miedo despierto queda instalado bastante antes de que empiece ningún sueño. Personas con relaciones perfectamente asentadas lo cuentan sin parar. Los intérpretes lo relacionan con la inquietud por retener algo, no con un veredicto sobre lo que el anillo represente.
Pregúntate qué era ese anillo antes de preguntar qué significan los anillos. La alianza de una abuela y una sortija comprada el mes pasado no son el mismo objeto para una cabeza dormida, por parecidas que se vean juntas en un plato.


