Uno de los pocos animales con lecturas tradicionales que se contradicen sin disimulo: ingenio en unas fuentes, burla en otras, con la conducta pesando más que el bicho.
El mono es uno de los pocos animales cuyas lecturas heredadas tiran en direcciones opuestas y se quedan ahí, sin reconciliarse. Unas fuentes le dan viveza, listeza y juego, otras le dan travesura, imitación y la figura de alguien de quien no puedes fiarte para nada serio. Coinciden en un punto: un mono soñado siempre está haciendo algo en lugar de limitarse a aparecer, así que la conducta es la que carga con el sentido.
La imitación recorre casi todas las interpretaciones. Un mono que copia al durmiente se ata desde hace siglos a la sensación de que se burlan de ti, te remedan o te dejan en ridículo, y los libros europeos antiguos usan al animal casi solo en ese sentido poco amable. Varias tradiciones del sur y el este de Asia le conceden un lugar mucho más cálido, asociándolo al ingenio y a un famoso embaucador que también es héroe, y sus lecturas resultan en consecuencia generosas. Aquí importa nombrar la fuente, porque las dos no coinciden y fingir lo contrario aplanaría ambas.
Quien ha viajado a un sitio donde los monos asaltan mochilas lleva un recuerdo real del animal, y eso teñirá la escena más de lo que puede un diccionario. Quien los veía a diario en la infancia y quien los encuentra francamente inquietantes parten de puntos distintos. Pregúntate qué te hace a ti la criatura antes de preguntar qué significa en abstracto.
Ninguna de estas lecturas anticipa una traición ni un golpe de suerte. Son maneras de describir un ánimo que el durmiente ya traía puesto.


