Dos lecturas de la mariposa llevan siglos viajando juntas, una sobre la transformación y otra sobre lo breve, y se contradicen entre ellas sin hacer ruido.
Esta imagen llega con dos sentidos que no encajan bien juntos. Uno lee la mariposa como transformación, sacado directamente del ciclo vital y probablemente el símbolo más repetido de cualquier diccionario de sueños. El otro la lee como algo bello y corto, valioso justamente porque no dura. Cuál de los dos se aplica lo decide el ambiente del sueño y no el insecto.
La oruga y la crisálida le regalaron a los intérpretes una imagen ya hecha de un cambio tan completo que la forma anterior resulta irreconocible, y desde entonces eso se ha aplicado a casi cualquier cambio personal. Su popularidad merece cierta desconfianza. Un símbolo que sirve para todo explica bastante poco, y la glosa del cambio se coloca muchas veces sin que nadie se pregunte si el sueño se sintió realmente como un cambio.
La segunda rama subraya lo corta que es la vida adulta del insecto y lo fácil que resulta estropearle un ala. Algunas tradiciones añaden capas propias, como el uso griego de la misma palabra para alma y para mariposa o varias asociaciones de Asia oriental entre las mariposas y los parientes muertos, y esas capas conviene atribuirlas a su origen en vez de presentarlas como universales.
Si las mariposas te remiten a un jardín concreto, a una persona o a un verano determinado, ese vínculo privado manda sobre todo lo anterior. Ninguna imagen de este diccionario predice nada, y esta menos que la mayoría.


