Nunca hay una sola: la fila y la mancha en movimiento son lo que pesa, y de ahí salen dos lecturas opuestas, el esfuerzo y la molestia.
Nunca aparece una sola. Las hormigas llegan al sueño en columna, como una mancha que se mueve por la pared o una línea que cruza el suelo, y lo que cuenta es esa abundancia más que el insecto: representan a la vez el esfuerzo pequeño y constante y la molestia pequeña y constante. Cuál de las dos se coge depende casi por completo de si las mirabas trabajar o las notabas caminar por encima.
Las recopilaciones europeas antiguas tomaban el hormiguero por modelo de trabajo paciente y de ahorro, y soñar con uno se ha venido leyendo como una labor que suma en silencio donde nadie aplaude. La otra mitad de la tradición es bastante menos halagadora. Las hormigas que se meten donde no deben, en el pan, en la cama, en la ropa, se ligan a una acumulación de contrariedades, ninguna grave por separado y todas agotadoras juntas.
Los sueños con bichos siguen a los encuentros con bichos. Un verano con hormigas en la cocina, una tarde levantando una losa del patio, una picadura que picaba al acostarse: cualquiera de esas cosas planta la imagen sin ninguna carga simbólica. La sensación en la piel mientras duermes hace mucho trabajo aquí, y el borde del edredón o un pelo suelto se convierten en un enjambre antes de que tengas la lucidez suficiente para comprobarlo.
Lo que las hormigas ya significan para ti va por delante de todo esto. Alguien que las observa toda la temporada en el jardín y alguien que tuvo una plaga dentro del tabique de un dormitorio no sueñan el mismo insecto, y una fila idéntica puede sonar a competencia para uno y a desastre lento para el otro. Mira a cuál se parecía la sensación al despertar y sigue por ahí.


