De un sueño de cementerio la gente se trae el silencio antes que el miedo, y la lectura habla de recuerdo y de cierres, jamás de un pronóstico.
Lo que casi todo el mundo se trae de un sueño de cementerio es lo callado que estaba. Eso encaja con la lectura heredada, que trata el camposanto como lugar de memoria y de cosas terminadas antes que como sitio de miedo. Conviene decirlo ya: nadie que interprete en serio lo lee como señal de que alguien vaya a morir.
Un cementerio es donde una comunidad deja lo que ha acabado y aun así quiere conservar. Entendido así, el sueño habla de tu relación con el pasado: asuntos realmente cerrados, gente a la que ya no ves, versiones de tu vida que dejaste de vivir. Pasear entre las lápidas sin angustia sugiere estar en paz con parte de eso. Buscar una tumba concreta y no dar con ella se asocia más a un sentimiento sin resolver alrededor de una persona o de una época.
Un cementerio comido por la maleza se ha leído como memoria sin cuidar, algo que mucha gente conecta con una historia familiar de la que perdió el hilo. Uno bien atendido lleva la asociación contraria. Ver tu nombre en una lápida sobresalta y aparece más de lo que se supondría; se toma como encuentro con un cambio o con un capítulo que se cierra, no como una afirmación sobre tu salud ni sobre cuánto vas a vivir.
Pasa muy a menudo. Un aniversario, un entierro, vaciar una casa o una conversación de paso sobre alguien que murió traen estos sueños, y hablan más del duelo que del simbolismo. Quien visita una tumba familiar cada año tiene sentimientos pegados a esa imagen que no se parecen a los de quien nunca ha pisado un camposanto, y esa diferencia pesa más que lo que pueda ofrecer una ficha como esta. Si los sueños angustian y vuelven durante mucho tiempo, es motivo para hablarlo con alguien de confianza y no para buscar un significado oculto.


