Mercurio nos adelanta por la parte interior de su órbita y solo parece retroceder: ocurre tres veces al año y cada tramo dura unas tres semanas.
Mercurio retrógrado es algo que hace nuestra vista, no algo que haga el planeta. Mercurio recorre su órbita siempre en el mismo sentido y a un ritmo parecido, sin frenar ni dar media vuelta, y durante unas tres semanas seguidas nos da la impresión, desde aquí abajo, de que resbala hacia atrás sobre el fondo de estrellas. Sucede tres o cuatro veces en un año corriente, y la astrología entiende ese tramo como un tiempo para revisar lo hecho más que para estrenar nada.
Mercurio es el planeta más cercano al Sol y también el más veloz: completa una vuelta en unos 88 días, mientras que a la Tierra le hacen falta algo más de 365. Con esa diferencia nos saca vueltas continuamente, y una vez por ciclo se cuela por el hueco estrecho que queda entre nosotros y el Sol. Mientras dura ese paso por el carril de dentro, el sentido en que lo vemos desplazarse por el cielo se invierte.
La escena equivalente está en cualquier autovía. Adelantas a un camión y, durante los segundos que dura la maniobra, el camión parece irse hacia atrás contra el paisaje del fondo, aunque no ha dejado de avanzar ni un instante. Al camión no le ha pasado nada. Lo que cambió fue la posición de un vehículo respecto al otro, y el fondo lejano delató el efecto. Medir a Mercurio contra las estrellas es exactamente ese cuadro a otra escala.
De ahí sale la consecuencia que casi ningún artículo menciona: el movimiento retrógrado no le ocurre a Mercurio, ocurre en nuestra línea de visión. Si en lugar de mirar desde una Tierra en marcha dibujas las dos órbitas vistas desde encima del Sol, la marcha atrás sencillamente no aparece en el dibujo.
Entre un periodo retrógrado y el siguiente transcurren unos 116 días, que es lo que tarda Mercurio en volver a alcanzarnos y pasarnos de nuevo. Tres huecos de ese tamaño caben dentro de un año con sitio de sobra, y por eso casi todos los años traen tres periodos y alguno llega a cuatro.
Cada uno se prolonga alrededor de tres semanas, normalmente entre veinte y veinticinco días. Sumados, dejan a Mercurio cerca de una quinta parte del año en aparente marcha atrás. Vale la pena tener presente esa proporción cada vez que se le echa la culpa de una mala quincena, porque no estamos ante una rareza del cielo sino ante una de sus situaciones más rutinarias.
Dos momentos ponen las tapas al periodo, y sus nombres salen en cualquier calendario. Una estación es el día en que el sentido aparente se da la vuelta, cuando el planeta parece quedarse clavado contra las estrellas antes de arrancar en la otra dirección. La que abre el tramo se llama estación retrógrada y la que lo cierra, estación directa.
Luego está la sombra, que explica por qué tanta gente dice notar el ambiente antes de tiempo y también después de la fecha final. En un mismo ciclo, Mercurio recorre tres veces el mismo trozo del zodiaco, la banda de doce sectores contra la que se anota la posición de cada planeta: primero hacia delante, después en sentido inverso y otra vez hacia delante. El primer paso se llama sombra previa y el último, sombra posterior, de un par de semanas cada uno. Los astrólogos leen el primero como el que saca un asunto a la superficie, el inverso como el que lo reabre y el tercero como el que lo deja guardado. Para la astronomía la sombra no aporta nada nuevo: es un mismo trozo de cielo recorrido más de una vez.
Mercurio lleva el nombre del dios romano que repartía los mensajes, y el planeta arrastra ese oficio desde entonces: la palabra, la escritura, el aprendizaje, los desplazamientos cortos, el comercio, los acuerdos y, por extensión, todos los aparatos con los que ahora hacemos esas cosas. Gira esas funciones hacia dentro y los consejos habituales se escriben casi solos. Fíjate en que casi todos los verbos recomendados para estas semanas empiezan por re.
Mira ahora lo que falta en esa lista. Nada de eso depende de creer que un planeta haya provocado nada, y todo funciona igual de bien en cualquier otra semana del año.
No se conoce ningún mecanismo que enlace el recorrido aparente de un planeta pequeño con un paquete extraviado o un disco duro muerto. Este periodo no altera nada físico aquí abajo: ni la gravedad, ni la luz, nada medible que llegue hasta un teléfono o hasta un horario de trenes. Los aparatos se estropean durante las otras cuarenta semanas al mismo ritmo que durante estas.
Lo que sí cambia es la atención. Ponle nombre y fama a un trozo del calendario y la gente empieza a apuntar los sucesos que encajan mientras deja caer en silencio los que no. Una reunión anulada dentro de esas tres semanas marcadas se convierte en prueba; la misma anulación en una semana sin etiqueta es solamente un martes. Así funciona la memoria de casi todo el mundo, y con eso basta para sostener la fama sin ayuda ninguna de la astronomía.
Queda entonces disponible una postura intermedia bastante sensata. El fenómeno es real, se puede medir apuntando dónde está el planeta noche tras noche, y sus fechas están previstas para dentro de varios siglos, mientras que su efecto sobre tu bandeja de entrada no se ha demostrado nunca. Si la etiqueta te sirve para hacer una copia de seguridad, revisar un billete y contestar el correo que llevas semanas esquivando, la costumbre merece la pena pienses lo que pienses de la causa. Deja de ser inofensiva justo en el punto en que se convierte en excusa para aplazar una decisión que tocaba tomar.


