Eclipses de Luna y de Sol

Un eclipse ocurre cuando el Sol, la Tierra y la Luna quedan casi en línea recta, y esa condición explica que las fechas lleguen siempre por parejas.

En un eclipse de Luna, la sombra de nuestro planeta cae sobre la superficie lunar. En uno de Sol pasa al revés: la sombra de la Luna cae sobre nosotros. Los dos piden que esos tres cuerpos queden casi en línea recta, cosa que no sucede todos los meses, y de ese requisito sale el resto: por qué son contados, por qué se agrupan en dos temporadas al año y por qué casi nunca vienen solos.

Por qué no hay uno cada mes

El Sol solo puede quedar tapado en luna nueva, y la Luna solo entra en nuestra sombra cuando está llena. Esos dos momentos llegan puntuales cada mes y casi siempre pasan sin novedad. La culpa la tiene una inclinación: la Luna no nos rodea por el mismo plano en el que nosotros rodeamos al Sol, sino por uno desviado algo más de cinco grados. Así, la luna nueva suele quedar un poco alta o un poco baja respecto al Sol en lugar de taparlo, y la luna llena esquiva la sombra por poco.

Los dos puntos donde la órbita lunar atraviesa ese plano se llaman nodos, y hace falta que la luna nueva o la llena caiga cerca de uno de ellos. El Sol pasa por cada nodo una vez cada medio año, y esas ventanas son las temporadas de eclipses: duran algo más de un mes, lo justo para albergar una luna nueva y una luna llena separadas por quince días, de donde salen las parejas de fechas, una solar y otra lunar. Entre temporada y temporada hay unos 173 días, un poco menos de medio año, así que el calendario se adelanta cada año. En doce meses caben entre cuatro y siete.

Encima de ese ritmo corre otro más largo, medido ya por los babilonios: pasados 18 años, 11 días y unas 8 horas, la geometría se repite casi igual. Ese periodo se llama saros, y las ocho horas de propina llevan la repetición a otro punto del planeta, porque en ese rato la Tierra gira un tercio de vuelta.

Los tres tipos de eclipse solar

Que la Luna llegue a tapar el Sol entero depende de una casualidad de medidas. El Sol es unas cuatrocientas veces más ancho que la Luna y está unas cuatrocientas veces más lejos, así que desde el suelo los dos discos se ven casi del mismo tamaño. La coincidencia no es para siempre, porque la Luna se aleja algo menos de cuatro centímetros al año.

  • Total. La Luna anda por el tramo de su órbita más cercano a la Tierra, se ve un pelo mayor que el Sol y lo cubre por completo. La fase total nunca supera unos siete minutos y medio, y solo la ve una franja estrecha de terreno.
  • Anular. La Luna anda por el tramo más lejano, se ve un pelo más pequeña y deja sin tapar un anillo de luz alrededor del borde. El nombre viene del latín anulus, que quiere decir anillo.
  • Parcial. La alineación no está centrada y al Sol solo le falta un mordisco. Es la versión que ve la inmensa mayoría de la gente.

La advertencia sobre la vista no es un formalismo. Mirar un Sol tapado a medias quema la retina de forma permanente y sin dolor, porque ahí no hay receptores que avisen a tiempo. Las gafas de sol y la cámara del móvil no protegen nada: hacen falta filtros certificados para observación solar. La única excepción son los minutos de totalidad, y el filtro vuelve en cuanto asoma el primer rayo. Delante de un anular no se quita nunca, porque un anillo de Sol sigue siendo Sol.

Por qué la Luna eclipsada se vuelve cobriza

La sombra que proyecta la Tierra tiene dos partes. El cono interior, donde la luz solar queda cortada del todo, se llama umbra; la franja exterior que lo rodea, donde el Sol queda tapado solo a medias, se llama penumbra. Si la Luna entra entera en el cono interior el eclipse es total; si entra a medias es parcial, y el borde oscuro que avanza sobre ella es curvo, una curva que sirvió como primera prueba de que este planeta es una esfera.

Lo llamativo es el color. Una Luna eclipsada del todo no se apaga: vira a un cobre apagado, y el mérito es de nuestra atmósfera. La luz que roza el borde del mundo se desvía hacia el interior de la sombra, pierde por el camino los tonos azules y llega convertida en roja. Quien mira está viendo, sumados, todos los amaneceres y atardeceres que en ese instante ocurren en la Tierra. Luna de sangre la llamó la prensa.

Cabeza y Cola del Dragón: la lectura tradicional

En los textos astrológicos los nodos tienen nombre propio, llegado del árabe a través del latín medieval. El punto por el que la Luna sube hacia el norte es la Cabeza del Dragón, que se lee como la dirección hacia la que a uno le toca crecer; el de enfrente es la Cola del Dragón, el terreno conocido que conviene soltar. Como se miran desde extremos opuestos de la rueda, los eclipses caen sobre una pareja de signos enfrentados y se quedan ahí alrededor de año y medio, de modo que parecen insistir en el mismo terreno de la vida.

Sobre cada cita suelta la interpretación es simple: un eclipse funciona como una luna nueva o una luna llena con el volumen subido, con los sentidos habituales de empezar en una y cerrar en la otra.

Las lecturas antiguas eran mucho más sombrías. El eclipse era un presagio, casi siempre malo y dirigido al rey, hasta el punto de que hay tablillas mesopotámicas donde se describe a reyes sustitutos sentados en el trono para absorber lo que viniera. Ese miedo se entiende delante de un Sol que se apaga a mediodía. El cálculo explica el fenómeno; la tradición le pone encima un sentido que del cálculo no se deduce.

Cómo se lee una lista de eclipses

Un eclipse solar apuntado en un calendario no promete espectáculo desde tu ventana. Cualquier listado fiable pone junto a la hora la zona desde la que se verá, porque el mismo eclipse puede ser total sobre un océano y apenas un mordisco visto desde Buenos Aires. Con los lunares el problema no existe: los ve entera la mitad del planeta que a esa hora está a oscuras.

Y llegan en rachas, no a goteo regular. La España peninsular pasó más de un siglo sin ver ninguno total de Sol, desde el de agosto de 1905 hasta el de agosto de 2026, al que siguió el de agosto de 2027 y un anular en enero de 2028. México tuvo el suyo en abril de 2024, y Chile y Argentina en 2019 y en 2020. En un mismo lugar pueden pasar generaciones entre una y otra.

Queda una observación sobre la exactitud. Los horarios de cada eclipse se conocen con siglos de anticipación, se publican al minuto y se cumplen. Esa precisión pertenece a la mecánica de tres cuerpos en movimiento y no al significado que se le pone encima. Para saber si estas fechas dicen algo de tu vida, lo honesto es anotar qué pasó y releerlo en la temporada siguiente.

Preguntas frecuentes

¿Cada cuánto hay un eclipse?
Se agrupan en temporadas que vuelven cada 173 días, es decir unas dos veces al año, y cada temporada suele dar un eclipse solar y otro lunar separados por quince días. En un año natural el mínimo es de cuatro y el máximo de siete si se cuentan los tenues que pasan inadvertidos. Como el intervalo es algo más corto que medio año, las fechas se adelantan en lugar de repetirse.
¿Se puede mirar un eclipse sin protección?
El de Luna sí, a simple vista y sin ningún riesgo. El de Sol no: basta con una porción de disco descubierta para dañar la vista de forma definitiva y sin que te enteres en el momento, así que los filtros homologados son imprescindibles y unas gafas de sol corrientes no valen. Solo durante la breve fase de totalidad, con el disco escondido por completo, se puede retirar el filtro.
¿Por qué la Luna se pone roja cuando la eclipsamos?
Porque nuestra atmósfera curva un poco de luz solar alrededor del planeta y la manda hacia dentro de la zona oscura, filtrando por el camino los tonos fríos. Solo termina el viaje la parte rojiza, y es la que la Luna nos devuelve. El tono exacto cambia de una vez a otra según cuánto polvo y cuánta nube haya atravesado esa luz.
¿Los eclipses traen mala suerte?
Durante milenios se leyeron así, sobre todo porque una oscuridad repentina en pleno día asusta a cualquiera que no sepa de dónde sale. La astrología actual ha suavizado bastante ese tono y habla de puntos de inflexión acelerados antes que de desgracias. Ninguna de las dos versiones se ha comprobado nunca, y lo que se observa sigue siendo una sombra que llega en el instante previsto.

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