Las ocho fases seguidas, la luz del Sol que las dibuja y los 29,5 días que tarda la Luna en volver al punto de partida.
La Luna pasa por ocho fases y el orden no cambia nunca: luna nueva, creciente cóncava, cuarto creciente, gibosa creciente, luna llena, gibosa menguante, cuarto menguante, menguante cóncava y de nuevo luna nueva. Cóncava es el arco fino, con menos de media cara encendida, y gibosa la figura abultada que pasa de la mitad sin llegar al círculo entero. Dar la vuelta completa le lleva unos 29,5 días, y de ese plazo nació la idea de mes que seguimos usando.
Los días que aparecen entre paréntesis son aproximados, porque el cambio es continuo y no un salto entre ocho casillas. Solo cuatro momentos llevan hora exacta en las tablas: la luna nueva, los dos cuartos y la luna llena. Las otras cuatro fases son los tramos que quedan en medio.
Fíjate en las horas de salida: cada jornada la Luna aparece unos cincuenta minutos después que la víspera. Ese retraso explica por qué el arco que veías al salir de cenar se convierte, dos semanas más tarde, en algo que solo pillas si madrugas mucho.
La Luna no fabrica luz. Se ve porque el Sol la alumbra, y esa luz cae siempre sobre una mitad exacta del globo de roca, del mismo modo que cae sobre media Tierra. Esa mitad encendida está ahí de forma permanente. Lo que va cambiando es cuánta parte de ella nos toca ver desde aquí.
Mientras la Luna nos rodea, nuestro punto de vista sobre esa cara clara se desplaza: primero la miramos casi de espaldas, luego de lado, luego de frente. Si queda entre el Sol y nosotros, no vemos nada; si somos nosotros quienes estamos en medio, la vemos entera. Todas las figuras intermedias son vistas parciales de la misma bola siempre medio alumbrada.
Lo que las fases no son es la sombra de la Tierra tapando a la Luna. Eso sucede de verdad, pero pocas veces al año y solo con el disco lleno, y entonces se llama eclipse lunar. Las siluetas de cada mes son pura cuestión de perspectiva.
Creciente y menguante señalan el sentido del cambio: en la primera mitad del recorrido la luz aumenta, en la segunda disminuye. Gibosa procede de un término latino para joroba y describe la forma abultada que ya pasó de media cara. Cóncava se reserva para el arco delgado, cuando queda encendido menos de medio disco.
La palabra que más confunde es cuarto, porque un cuarto creciente enseña media cara, no la cuarta parte. El nombre no habla de la superficie iluminada sino del calendario: la Luna lleva recorrida una cuarta parte de su vuelta. Con esa idea en la cabeza deja de sonar a error.
Desde España o desde México, un arco que va a más se ve iluminado por su borde derecho, y uno que va a menos, por el izquierdo. Desde Chile, Argentina o Uruguay ocurre justo lo contrario, porque quien mira está, en la práctica, cabeza abajo respecto al observador del norte. Cerca del ecuador el arco se tumba y queda como una barca apoyada en el horizonte.
Esto le pasa factura al truco de memoria que se enseña en las escuelas del norte, aquel de que la Luna es mentirosa: cuando dibuja una C está menguando y cuando dibuja una D está creciendo, al revés de lo que sugiere la inicial. Al sur del ecuador el refrán se viene abajo, porque allí la C corresponde de verdad a la fase que crece. Y en Quito o en Singapur no sirve de nada. Una foto de la Luna delata desde qué parte del mundo se tomó.
Los meses del calendario duran de 28 a 31 días y el ciclo lunar unos 29,5, así que uno se desliza sobre el otro sin encajar jamás. Una luna llena del día 20 cae hacia el 18 o el 19 al mes siguiente. En un mes largo pueden entrar dos, y a la segunda se le llama luna azul, un apodo moderno que no tiene relación alguna con el color.
Los husos horarios añaden otro pequeño baile. El disco se llena a la vez en todos los países, aunque cada reloj lo escriba a su manera: las 23:40 de Madrid caen a media tarde en Bogotá y ya son de la mañana siguiente en Sídney, con lo cual dos calendarios igual de correctos pueden imprimir días distintos.
Hay además una rareza en la propia duración. Nuestro satélite completa una vuelta alrededor de la Tierra respecto a las estrellas del fondo en unos 27,3 días, pero necesita unos 29,5 para repetir la misma fase. En ese intervalo la Tierra ha avanzado por su camino alrededor del Sol, de modo que a la Luna le queda un trecho más por recorrer antes de formar otra vez el mismo ángulo con la luz.
La astrología no trata las ocho fases como episodios sueltos, sino como un solo arco continuo. La subida, del primer hilo de luz al disco lleno, se asocia con levantar, sumar y poner cosas en marcha. La bajada, con terminar, corregir, vaciar y soltar lo que ya cumplió su función.
En la práctica casi todo el mundo usa la secuencia como agenda y no como oráculo: emprender algo al principio, mirarlo de frente cuando la cara está entera, ordenar mientras la luz se retira. Ningún ángulo de visión decide si un plan sale adelante. Lo que el ciclo sí ofrece es un reloj colgado del cielo, legible de un vistazo desde cualquier ventana y que nunca hay que poner en hora.


