Venus, Marte, Júpiter, Saturno y los planetas lejanos aparentan retroceder igual que Mercurio, y la tradición lee cada uno de esos tramos de una manera distinta.
Mercurio se lleva la fama, pero todos los planetas que usa la astrología pasan por lo mismo: Venus y Marte, Júpiter y Saturno, y los tres lejanos, Urano, Neptuno y Plutón, parecen retroceder cada cierto tiempo. Retrógrado significa que, visto desde la Tierra, un planeta parece pararse y desandar un trecho del zodiaco, es decir de los doce signos que sirven para situar a los planetas, antes de recuperar su marcha normal. Solo el Sol y la Luna quedan fuera, y los cuerpos más lejanos se pasan tantos meses así que tenerlos retrógrados es su estado corriente, no una alarma.
Ningún planeta frena ni da media vuelta. Todos recorren su órbita alrededor del Sol siempre en el mismo sentido; lo que se invierte es el ángulo desde el que los miramos, porque quien mira va montado en algo que se mueve.
Con todo lo que orbita por fuera de nosotros, de Marte a Plutón, el adelantamiento lo hacemos nosotros: la Tierra recorre un camino más corto y a más velocidad, así que una vez al año largo alcanzamos al planeta lento y le pasamos por dentro. Mientras dura la maniobra lo vemos deslizarse hacia atrás sobre las estrellas del fondo, y en cuanto nos alejamos la escena se deshace sola.
De ahí sale un detalle que casi nadie cuenta. Un planeta exterior llega a la mitad de su tramo retrógrado justo cuando lo tenemos más cerca y en el punto opuesto al Sol, una alineación que en astronomía se llama oposición. Es cuando más brilla y cuando se deja ver toda la noche. Júpiter retrógrado no es un Júpiter apagado: es el mejor Júpiter del año para los prismáticos.
Venus va al contrario, porque su órbita queda por dentro de la nuestra. Retrocede mientras se cuela entre el Sol y nosotros, así que en esas semanas está más cerca de la Tierra que nunca y por el telescopio se ve como una uña fina de luz.
El ritmo depende de la diferencia de velocidad con el nuestro: los vecinos cercanos retroceden pocas veces y de forma llamativa, los lejanos casi todos los años y durante meses.
Suma esas cifras y el cuadro cambia. Un día cualquiera hay dos o tres planetas retrógrados a la vez, y los ratos sin ninguno se reducen a unas pocas ventanas cortas al año. Lo raro es el cielo despejado.
Esas duraciones desmontan una idea muy extendida. Si el retroceso fuese un peligro, Plutón sería peligroso más de un tercio de cada año, para toda la humanidad a la vez, y ningún sistema de interpretación aguanta declarar en riesgo la mayor parte del calendario: un aviso que vale casi siempre no informa de nada.
Quienes trabajan con los planetas lejanos lo tienen resuelto. Para Urano, Neptuno y Plutón el retroceso es clima de fondo y solo se comenta cuando el planeta se para sobre un punto delicado de la carta astral de alguien, o sea del mapa del cielo de su nacimiento. El trabajo fino queda para los cuerpos cercanos.
Ninguna de estas lecturas sale de una medición. Son símbolos heredados y rinden mejor como titulares bajo los que pensar que como pronósticos.
Venus retrógrado. A Venus se le asocian el cariño, el dinero y el gusto, así que el tramo se lee como una revisión de lo que valoras. La versión de manual es el antiguo amor que reaparece y la compra de la que te arrepientes. El consejo habitual consiste en aplazar lo decorativo y difícil de deshacer, una boda, una reforma grande, un cambio en tu cara, porque tu criterio sobre lo que te agrada anda revuelto esas semanas.
Marte retrógrado. Marte lleva el empuje y la fuerza, y su retroceso se interpreta como esfuerzo que no arranca: lo que se pone en marcha esos días se atasca, las discusiones dan vueltas sin cerrarse y el enfado se traga en vez de gastarse. Como vuelve cada dos años y luego dura meses, los astrólogos lo tienen por el más incómodo para estrenar nada.
Júpiter retrógrado. Júpiter representa el crecimiento, y vuelto hacia dentro se convierte en un repaso de en qué crees y de si eso que agrandas merece seguir creciendo.
Saturno retrógrado. Saturno se ocupa de los límites y las estructuras: los compromisos, la disciplina, los acuerdos que mantienen una vida en pie. Con Saturno de frente la presión se describe como algo que viene de fuera; con Saturno al revés, como la que cada cual se impone.
Como los cuerpos lejanos pasan meses así todos los años, nacer con varios retrógrados resulta de lo más corriente. En la mayoría de las cartas astrales hay uno por lo menos, y muchas veces tres o cuatro.
La lectura tradicional de un retrógrado de nacimiento, que no es lo mismo que un planeta retrógrado esta semana, dice que la función se vuelve hacia dentro. Un Marte así se describe como enfado que se guarda, un Venus así como cariño que se expresa tarde o con torpeza, un Mercurio así como una cabeza que ensaya por su cuenta antes de hablar en voz alta. Quienes lo practican suelen añadir que esa parte madura despacio, no mal.
Y cabe la pega honrada, la que vale para cualquier dato compartido: si algo se cumple en buena parte de la gente nacida tu mismo año, poco te está contando sobre ti.
Cada tramo se abre y se cierra con una estación, que es el puñado de días en que el planeta parece quedarse quieto contra las estrellas antes de invertir su sentido aparente. Cuanto más lejos está, más lento resulta ese giro: uno de los distantes puede pasar más de una semana clavado prácticamente en el mismo grado, así que quien los sigue mira dónde se detiene antes que una fecha suelta.
Sacarle partido es poco vistoso. Apunta cuándo empieza y cuándo termina el periodo, mira qué asunto le atribuye la tradición a ese planeta y sostén la lectura con la mano floja, para que una mala semana corriente no acabe archivada como prueba.
Un apunte final sobre la física, porque pocas cosas en astrología tienen una explicación tan cerrada. Esos bucles hacia atrás fueron durante siglos el estorbo del modelo que ponía a la Tierra en el centro, y se volvieron un simple adelantamiento en cuanto el Sol pasó al medio. El retroceso aparente es real y se calcula al minuto con siglos de adelanto. Que además signifique algo ya es otra afirmación, apoyada en la costumbre y no en ninguna medida.


