Cuatro familias de tres signos se reparten el zodiaco, y cada familia comparte una forma parecida de reaccionar ante las cosas.
Los doce signos del zodiaco se reparten en cuatro grupos de tres, y a cada grupo se le llama elemento: fuego, tierra, aire y agua. El fuego reúne a Aries, Leo y Sagitario; la tierra a Tauro, Virgo y Capricornio; el aire a Géminis, Libra y Acuario; el agua a Cáncer, Escorpio y Piscis. Es la etiqueta más amplia que se le pone a un signo, y por eso casi todas las fichas empiezan por ahí.
Los cuatro términos no se inventaron para hablar de personas. En Grecia, hace más de dos mil años, se propuso que fuego, tierra, aire y agua eran los ingredientes básicos de todo lo que existe. La química acabó descartando esa idea, pero la astrología se quedó con los cuatro nombres y los usó para otra cosa: clasificar maneras de ser. Conviene tenerlo presente, porque nada de lo que sigue hay que entenderlo al pie de la letra.
El reparto tampoco es una ordenación caprichosa. Pon los signos en círculo, en el orden del calendario, y ve saltando de cuatro en cuatro: los tres en los que caes forman un triángulo de lados iguales y comparten elemento. La astrología antigua llamaba triplicidad a ese trío, palabra que solo significa grupo de tres.
De esa figura salen dos consecuencias que se notan enseguida. La primera: dos signos del mismo elemento nunca son vecinos, así que el signo anterior al tuyo y el siguiente pertenecen siempre a elementos distintos del tuyo. La segunda: la serie corre sin cortes por toda la rueda, fuego, tierra, aire y agua, tres vueltas seguidas hasta completar los doce.
El fuego se lee como calor dirigido hacia fuera. La descripción habla de una confianza que no espera permiso, de energía que aparece antes que el plan y de gente dispuesta a equivocarse pronto antes que a acertar tarde. Son los que se apuntan los primeros cuando alguien propone un viaje a las once de la noche, y los que ante un obstáculo empujan en lugar de sentarse a mirarlo.
La misma lectura incluye la factura. El fuego gasta. El entusiasmo que nunca mira el depósito se apaga en público, el calor le llega al de al lado en forma de presión, y la parte entretenida de un proyecto se acaba mucho antes que el proyecto. Una ficha honesta deja las dos mitades a la vista: generosos con su atención, cortos de paciencia.
La tierra es el mundo físico y todo lo que aguanta dentro de él: el dinero, la comida, el cuerpo, las herramientas, los horarios, el estado real de la cocina un martes por la mañana. A estos tres signos se los describe midiendo cualquier plan por si sobrevive a ese martes concreto, y levantando la confianza a base de repetición y no de declaraciones. Si siguen apareciendo, eso ya es la declaración.
El coste es una terquedad que dura más que las pruebas en contra, y el trabajo usado en voz baja como sustituto de una conversación difícil. Hay además la costumbre de dar por resuelto lo emocional en cuanto queda resuelto lo práctico. Fiables, sensuales y lentos de mover: la última parte de la frase pertenece a la descripción tanto como la primera.
El aire es la distancia que una persona necesita para pensar. Este elemento se lee a través de las palabras, de la comparación y de la capacidad de sostener una idea sin convertirse en ella al momento. A estos signos se los describe sociables a lo ancho más que a lo hondo, con curiosidad sincera por el funcionamiento de los demás y con una facilidad rara para montar el argumento contrario, a veces en su propia contra dentro de una discusión.
Esa misma distancia es el inconveniente. Puede llegar como frialdad justo en el momento en que hacía falta calor. Describir una situación resulta más cómodo que resolverla, así que las decisiones se pesan, se reabren y se vuelven a pesar. Y un plan puede comentarse tanto que el comentario empieza a parecerse al trabajo: de ahí la acusación de que el aire habla muy bien y avanza despacio.
El agua es emoción y memoria, e información que llega antes de que haya manera de justificarla. Se dice de estos tres que captan el ambiente de una sala al minuto de entrar, que recuerdan el tono de una conversación mucho mejor que sus palabras exactas y que responden a lo que pasa por debajo en vez de a lo que se ha dicho encima.
Como esa sensibilidad no trae mando de volumen, la lectura tradicional incluye absorber estados de ánimo ajenos y guardar material viejo mucho después de que los demás lo hayan archivado. Incluye también el rodeo: lo importante se insinúa en lugar de decirse, y luego el silencio que viene detrás se toma como algo personal. Leales, reservados y muy difíciles de engañar.
La ficha de un signo describe una sola posición, la del Sol el día de tu cumpleaños. La carta astral, es decir el mapa del cielo sobre el lugar y el instante exactos del nacimiento, sitúa además la Luna, el ascendente (el signo que asomaba por el horizonte este en ese minuto) y cada planeta dentro de algún signo. Con eso ya se pueden contar los elementos, y de ahí viene la frase de que alguien tiene mucho fuego o nada de tierra.
Un elemento acumulado se nota enseguida: el carácter tira siempre hacia el mismo lado y todo el que conoce a esa persona señala lo mismo. De un elemento ausente se dice que es aquello que pasas por alto en ti y acabas buscando en amigos y parejas. Las dos lecturas conviene sostenerlas con la mano floja. Poco más de una decena de posiciones repartidas en cuatro cajones es una medida gruesa, y encima no dice nada sobre el modo de hacer las cosas, que es tarea del otro reparto del zodiaco, el de signos cardinales, fijos y mutables.
El elemento alimenta también la versión rápida de la afinidad: mismo elemento se considera fácil, el fuego se empareja con el aire y la tierra con el agua. Como primera idea sobre ritmo y temperatura sirve. Como respuesta sobre dos personas concretas no, porque ahí entran dos cartas completas y no dos etiquetas.
Bien usado, el elemento explica por qué dos personas que quieren exactamente lo mismo van a buscarlo por caminos que desde fuera parecen incompatibles. Mal usado, se convierte en la excusa para dejar de mirar a alguien en cuanto ya lo has colocado en su cajón.


